Venga, vamos, que tu puedes”, animábamos delante de la tele a Mireia Belmonte, nadadora española de 200 metros mariposa.
Cuando la española llegó la primera y se llevó la medalla de oro en los Mundiales de Budapest (Hungría) de julio de 2017 todos estábamos contentos. Menos C.
-”¿Cómo es que no te alegras?”, le pregunté.
-”Es que a la que yo animaba ha quedado la tercera”, me contestó ella.
-”¿La tercera? Si la española es la que ha ganado”, le dije yo.
-”Vale, pero yo quería que ganara la japonesa y ha quedado tercera”, insistió un poco triste C.
Y es que C lleva unos meses, desde antes incluso de que cumpliera sus doce años, en los que en su vida lo único que existe es Japón.
Hace unos días le preguntaron qué iba a ser de mayor, aparte de contestar que ya es mayor, dijo que -escritora como siempre- pero también “mangaka y otaku”.
-”¿Mangaka? Eso qué es ¿algo relacionado con mangar?”, le pregunté sin más demora.
-”No, mangaka significa dibujante de manga”, me dijo resabiada.
-”¿Manga corta, manga larga, manga ancha?”, le dije para hacerme el gracioso.
-”Que no, los manga son los dibujos que estoy haciendo todo el tiempo”.
Y es verdad, se pasa el día dibujando esas cosas.
Luego me explicó que una otaku es una persona apasionada del manga y del anime. Que el manga es, digamos, el dibujo japonés en papel y el anime, son las series y las películas que se hacen con esos dibujos.
Todos hemos tenido épocas de aprendizaje. C se pasa el día escuchando música japonesa “y de Corea del Sur”, dice, dibujando manga (le regalamos un libro para aprender a dibujar y mejorar ese tipo de historietas y lo lleva a todas partes), leyendo Naruto (y eso que tendrá solo siete u ocho tomos de los son setenta y tantos que son) el manga más conocido y que se lee, como todos, del final al principio y viendo youtubers orientales.
Las películas de anime que más le gustan son «El viaje de Chihiro» de Miyazaki que es buenísima, «Los niños lobo», «El castillo ambulante» y no sé cual más.
Un día estuvimos en Kokoro Mangas, una tienda de manga y anime de Málaga. Decía que era el paraíso en la tierra. Salió de allí solo con un par de cómics de esos y un póster. Lo quería todo.
Acabamos comiendo en un restaurante japonés. Conocía el nombre de todas las comidas raras que aparecían en la carta. Se hartó de shusi (un mazacote de pescado crudo rodeado de arroz blanco y algas negras con unas salsas amargas y picantes).
Su habitación parece la de un hikikomori. Le pregunté si sabía el significado de esa palabra y me dijo que sí, que los hikikomoris son personas que han decidido apartarse de la vida social japonesa y que se pasan años sin salir de su habitación en donde tienen todo tipo de adelantos y comodidades. No es su caso.
El otro día salió en la tele un reportaje sobre ciudadanos o españoles o callejeros por el mundo, en Japón. Sabía de qué hablaban y los nombres raros que soltaban. O por ejemplo, que hay restaurantes en donde la gente va a tomar té y a acariciar gatos. En Mérida pusieron uno y sé que ha ido más de una vez. Y eso que en casa no tenemos gato.
Cuando le cuento mi extrañeza sobre la forma de comer, de vivir o de vestir de algunas personas en Tokyo, me insiste: «No preguntes, es Japón».
En Japón existen muchos dioses. El que más le gusta es un tal Yato. Lo buscaré en internet, puede ser divertido.
Dice que sabe distinguir, por la mirada, si una persona es japonesa, coreana del norte o del sur, china o tailandés.
Me lo creo. A sus doce años, insistía en preguntarnos cuándo vamos a ir a Japón. Le he dicho que vaya ahorrando. Ahora, a los dieciocho, sigue queriendo ir a Japón. Y a Corea del Sur. A China no. Lo de ahorrar no sé.
Lo dicho, konnichiwa (que significa hola) y sayonara (hasta pronto).
Nota: Yato es un dios menor de la calamidad -sale en un manga llamado Noragami- quiere tener una gran cantidad de seguidores que lo adoren.
Otra nota: antes de todo esto yo lo único que sabía de Japón es que su bandera es un «puntazo».
Fin.












