Hace unos meses vi un murciélago. Se arrastraba por el suelo del balconcillo de casa. Era diciembre. Se supone que por estas fechas hibernan o “inviernan” y no salen de sus oscuros rincones.
El murciélago era pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos. Enseguida le puse nombre. Lo llamaría Platero. Platero y yo. En mi infancia los murciélagos tuvieron gran importancia.
Aunque no podía volar, para que no escapara, lo encerré con un vaso de cristal contra el suelo. Se veía borroso, como a través del culo de una botella. Estaba acurrucado, tenía escondidas las alas de tal manera que los codos le sobresalían como si se le hubieran roto y salido del cuerpo. Tenía los ojos grandes, pesaría quince o veinte gramos y no sabía que le puse nombre.
Haciéndome el valiente, lo saqué del vaso y lo toqué con un dedo. Era un cachorrillo o cómo se le diga en zoología a los murciélagos bebés.
Como ya le había puesto nombre quise adoptarlo y ponerlo en una jaula junto a los agapornis, pero me acordé de que no tengo agapornis. Y de que no me gustan las jaulas.
A mi hija le gustó el murciélago, quería que nos lo quedáramos. No le conté que los murciélagos dan la teta, que son mamíferos. Que puede que a las madres murciélagos les salgan grietas en los pezones como a las mujeres humanas que han sido madre recientemente y que a pesar de ello siguen dándole de mamar a sus crías.
Tampoco le conté a mi hija que nosotros en mi calle, de pequeños cazábamos murciélagos. A veces encendíamos un cigarrillo y se lo poníamos al bicho en la boca. El murciélago empezaba a «tirar» del cigarro intentando coger aire. Cuánto más aspiraba más «fumaba”. Al final su boca parecía una chimenea echando humo. Una auténtica crueldad.
Dar de fumar a un murciélago, tirar con gomas hasta hacer caer del tejado un avispero, pisotear a algún ciempiés que encontrábamos saliendo de una tubería, darle patadas a los perros o echarles por encima un bote de pintura, pegar pedradas en los cuartos traseros (las nalgas) de las vacas para ver como meneaban el rabo, masacrar a las lagartijas para ver cuanto duraba la cola moviéndose después de que ya habían muerto sus propietarias, mear en los hormigueros, coleccionar cabezas de moscas. No, no es que fuéramos especialmente sádicos. Lo hacíamos porque lo hacía todo el mundo.
Alguien dijo una vez que la estupidez humana se hereda.
Era lo que había, teníamos nueve o diez años y no queríamos que nos apartaran de la manada. Ahora los niños no juegan en las calles. Tienen actividades extraescolares. Sus padres quieren que sean más que los otros. No mejores, más. La lucha por la vida, parece ser.
Cada vez a edades más tempranas, los padres les compran teléfonos móviles. El regalo estrella de la comunión es un cacharro de esos. Luego dirán que sus hijos tienen problemas para estudiar, déficit de atención, duermen mal, dolores de cervicales, están malhumorados, deprimidos. Pero esa es otra historia. Lo que digo no es añoranza ni melancolía, es un constatación de lo real. Yo sólo quise escribir de un murciélago que vi hace un tiempo en el suelo, luchando por su vida.
Fin.












