Estaba yo solo en la barra cuando llegó alguien y se sentó a mi lado. Llevaba una boina a cuadros, rústica, con visera. La chaqueta marrón parecía de pana fina pero era de ante o de piel de gamuza. Pidió una cerveza sin alcohol. El aperitivo que le pusieron se lo comió pausadamente, con la serenidad que da el paso de la vida por muy dura que ésta haya sido. Antes, cuando había entrado en el bar, aunque no le dije nada, enseguida supe que era él.
Él y su familia habían sido vecinos míos de infancia antes de que todo se desmoronara. De los cinco miembros de la unidad familiar, al padre, el señor de la boina y la chaqueta marrón que se puso a mi lado en la barra, era al único al que había vuelto a ver alguna que otra vez. Creo que el hombre se había vuelto a casar de nuevo y que los tres hijos vivían lejos de Mérida. De la mujer nunca supe nada más.
Al pequeño de los hermanos sí que lo volví a ver. En la tele. En una emisora regional llamada Localia. El programa se llamaba “Muros de silencio” que estuvo en antena en Extremadura desde 2001 hasta 2006.
Cada viernes grababan un programa desde la cárcel de Badajoz. Era sencillo. Una señora de pelo corto y blanco y voz íntima, precisa y a veces apremiante, entrevistaba a uno de los internos. La presentadora sentada a un lado de la mesa, el preso, al otro. La luz de ambiente era tenue, propicia para las confidencias.
Aunque el programa se titulaba “Muros de silencio” eran las voces de la cárcel las que allí se escuchaban. Yo veía el programa muchos viernes. Por aquellos entonces había leído un libro de Jesús Quintero titulado “Cuerda de presos”, ese asunto de la gente privada de libertad me fascinaba.
Los presos que salían en los “Muros de silencio” solían ser personas sin muchos estudios y a pesar de las apariencias no parecían malos del todo sino que las circunstancias los habían llevado allí. O tal vez la presentadora hacía que yo los viera con un punto de piedad y comprensión.
Entre los presos que participaban en el programa, los había tímidos. O eso parecía, tal vez por miedo a no saber expresarse, pero cuando cogían confianza se volvían dicharacheros y a veces se divertían contando alguna de sus fechorías o la historia de sus tatuajes. Todos coincidían en las ganas que tenían de ver a sus familiares.
En una de esas entrevistas apareció un tipo duro. Era bastante alto y muy moreno. No hablaba casi nada. Me costó reconocerlo. Estaba envejecido. Aunque cinco o seis años más joven que yo, podría pasar por ser un hermano mayor mío o tal vez un tío lejano. Había sido mi vecino. Contó su vida, su relación con la droga. Cómo empezó con hurtos, después trapicheos, robos, atracos. Qué más daba. Dijo que ya estaba limpio y que saldría pronto de prisión.
El interno que contaba lo poco que le quedaba para salir de prisión, había sido mi vecino, uno de los hijos del hombre de la boina de cuadros y del traje que parecía de pana y que se bebía una cerveza sin alcohol junto a mí en la barra del bar mientras comía pensativo su aperitivo con un muro de silencio entre los dos. La vida.












