La fachada es de piedra, se supone que medieval. El corralón dónde está el museo cae de esquina. En la entrada hay una imponente armadura oxidada y dos carteles que anuncian el nombre del lugar.
Nada más entrar en el patio topamos de frente con un esqueleto amarrado a un instrumento de hierro. También hay una guillotina de hace quinientos años por lo menos, otro esqueleto metido dentro de una rudimentaria jaula de hierro colado, un hacha y un tronco de árbol que es dónde imagino, ponía el reo la cabeza antes de que se la cortaran, un cacharro como una especie de capirote gigantesco de hierro que servía para introducirlo por el ano del torturado o de la torturada -decían que habían muchas brujas por aquellos entonces y la mayoría “solo” eran mujeres lúcidas y avanzadas varios siglos a su tiempo- y un poco antes llegar al museo en sí, una vaca también de hierro y de tamaño natural.
Parecía una vaca inofensiva pero al ver la barriga abierta y leer la descripción de su uso la cosa cambiaba. “Eso” funcionaba tal que así: metían dentro de la vaca a la víctima y hacían una hoguera dentro. Con los gritos del “condenado” parecía que la vaca mugía.
Las entradas se sacan en una especie de chiringuito que tienen montado fuera. Al ingresar en el museo nos dimos cuenta del silencio. Nadie hablaba. Nadie hacía fotos. Alguien comentaba horrorizado el sadismo y la crueldad de los instrumentos que se veían por allí.
Se trata del museo de la tortura o “Museo de la Inquisición” que se encuentra en un pueblo pequeño del norte de España llamado Santillana del Mar (Santander, Cantabria, España) (como curiosidad, añadiré que aquí nació uno de los mejores delanteros centros de la historia del fútbol español).
No tengo palabras para describir lo que vimos dentro. Aplasta cabezas, sierras para cortar por la mitad a la gente, cepos, grilletes, tenazas para arrancar pezones, orejas o lo que fuera, un garrote vil (este collar de hierro con un tornillo gigante estuvo vigente en España hasta 1978, cuando con la actual Constitución Española se abolió definitivamente la pena de muerte), potros de tortura, cinturones de castidad. Todo de hierro y madera y todo real. Cada cacharro de estos con su dibujito y su nota explicando para qué servían y cómo se usaban.
Instrumentos de tortura, humillación y sadismo que fueron manejados en su tiempo. Muchos de ellos utilizados desde mil trescientos y pico hasta relativamente hace poco, por torturadores y verdugos pagados por el Santo Oficio parece ser que –aunque me lo contaron así, no quiero profundizar mucho en el asunto- para preservar la pureza del catolicismo.
Torturaban, machacaban, trituraban y destrozaban a gentes de mal vivir, “brujas”, ladrones, mendigos, blasfemos y que caían en desgracia.
No tuve dudas. Mi hija tenía que ver. Tenía que saber qué era eso, que todo esto existió. Que forma parte de la Historia de España.
Le expliqué (sin odio, sin saña, para tratar de comprender) qué eran el Santo Oficio y la Santa Inquisición y que el saber que existen museos de la tortura, nos sirve para ser mejores.
Celia lo vio y lo leyó todo. Lo que no entendía es que hubiera personas que torturaran, que utilizaran esos instrumentos contra otras personas. No es fácil de explicar lo que el hombre tiene que hacer a veces por culpa del hambre. O que no era la misma vida hace trescientos o cuatrocientos años que la de ahora.
Se me ocurre que la Educación debería ser interactiva. Qué mejor sitio que explicar la Edad Media en un museo de la Inquisición. Por ejemplo.
Fin.












