Cuando viajamos en tren desde Mérida a Madrid, al llegar a destino, solemos salir a la superficie por las puertas de Atocha Cercanías que caen al lado -después de subir una rampa y cruzar una gigantesca rotonda-, del famoso bar El Brillante y el Hotel Mediodía. Detrás de los cuales se encuentra el Museo Reina Sofía -y si uno sigue una calle trasera, después de tomarse algo por alguno de los muchos bares exóticos que va encontrando por el camino, acaba en Lavapiés- y más allá, la calle Atocha, la Cuesta de Moyano, el final del Retiro y más, mucho más.
Ese día decidimos salir por la Puerta de Atocha, más transitada. Nos habían dicho que enfrente mismo, cruzando la calle -que más que calle parece carretera-, estaba el Museo Nacional de Antropología. Y ya iba siendo hora, después de tantos años yendo a Madrid,, de que lo visitáramos.
Un amigo, interesado por la gente de gran tamaño, me había comentado que en ese museo había visto el esqueleto del extremeño, de la Puebla de Alcocer (Badajoz), Agustín Luengo Capilla que en el siglo XIX llegó a medir 2,35 m.
Aunque he leído poco sobre ella, la antropología es una ciencia que me entusiasma. Gracias a ella podemos llegar a conocer nuestros orígenes, por qué la gente actúa como actúa y hasta nuestro futuro.
Para entrar al Museo Nacional de Antropología (C/ calle Alfonso XII nº 68), el primer museo antropológico que se creó en España, hay que subir unas escalinatas que caen de esquina en la calle. En una lápida, en el vestíbulo, con letras en latín (V en vez de U y palabras terminadas en M en vez de en N) se puede leer que fue inaugurado como “ANATOMYCUM MVSEUM” por ALPHONSUS XII (el rey Alfonso XII) en MDCCCLXXV (1875).
En la entrada nos preguntaron si “veníamos” de Madrid a lo que yo orgulloso le dije que no, que nosotros éramos de Mérida. No nos cobraron nada, quizás porque era domingo.
Estuvimos visitando las exposiciones permanentes. En la planta baja, Filipinas y las religiones orientales, en la siguiente, África. Y la segunda, en la que reposaban restos antropológicos de América, la dejamos para otra ocasión porque nos demoramos mucho. Son tantas y tan distintas las culturas que han existido a lo largo de la Historia en el planeta Tierra -seremos iguales ante la ley, pero hay muchas visiones de lo humano a lo largo de la vida- que es imposible digerirlo todo en una mañana.
Y es que echamos bastante tiempo en dos de las exposiciones temporales, una hacía referencia a que el 11 de septiembre se cumplieron 50 años del asalto al Palacio de la Moneda y la muerte de Salvador Allende. Se titulaba “La historia es nuestra: la Unidad Popular de Allende a través de la loza de Talagante” que nos ofreció la posibilidad de conocer en detalle y de forma original cómo se vivió en Chile aquellos años.
Pero la que más gustó al público asistente abarrontando las dos salas, fue la llamada “Retratos con animales”. Fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX de ámbito asturiano, pero que me retrotrajeron a la Mérida de los años setenta del siglo pasado.
En aquellos años era habitual la presencia, cercanía y convivencia de animales en las casas y corrales, principalmente perros que eran los auténticos animales de compañía, que para los niños, se convertían en juguetes.
Destacándose en las imágenes un mundo rural ya casi desaparecido, con calles sin asfaltar y, lo dicho, animales que no solo hacían compañía sino que también fueron la fuerza de tiro y de transporte que ayudaba en el trabajo, por no hablar de que servían como alimentos como sustento humano, que hambre había mucha.
Ha cambiado tanto la percepción de la vida que hasta la caza, los espectáculos de circo o la realidad de las personas se ve de manera diferente.
De lo que se entera uno cuando visita museos dedicados a la antropología.
Fin.












