La oficina no abría hasta las nueve, pero eran las siete y media de la mañana y, a primeros de mes, ya estaba ella en la puerta principal de la sucursal de la Caja de Ahorros de Badajoz, que estaba junto al Casino, la Casa de Oliart y el Ayuntamiento, en plena Plaza de España.
Lo que más llamaba la atención era, aparte de que no hablaba con nadie -no era la única que esperaba, la acera estaba llena de gente de su generación-, lo desgastadas que estaban las zapatillas de andar por casa que siempre llevaba puestas, a cuadros con una tonalidad gris verduzca. Daba igual que hiciera frío, tronara o se asara de calor.
Una de aquellas mañanas le pregunté por qué esperaba desde tan temprano si el banco no abriría hasta dentro de hora y media. Me dijo que era para cobrar su pensión. Ella había trabajado muchos años en Hilatura y el premio era unas perrinas, que como vivía sola, le sobraba y bastaba hasta para darle la paga a algún que otro sobrino.
Aunque insistí, no la convencí. Al mes siguiente volvía a estar antes de las siete y media de la mañana, puntual, delante de la sucursal de su banco.
Más adelante, uno de los empleados de la caja de ahorros que me había visto hablar con ella me preguntó si la conocía de algo. Sí, claro que la conocía. Era una señora soltera de las solteras de toda la vida, vecina de mi madre.
El amable “bancario” me dijo que la mujer le despertaba mucha ternura. Me contó que era la primera en entrar en la oficina a cobrar su pensión. Pedía sacar todo el dinero de la pensión que le habían pagado ese mes. Unos seiscientos euros. Cuando el cajero le rellenaba el papel del reintegro y le daba el dinero, ella lo contaba todo. Billete a billete. Minuciosamente. Firmaba el recibí y luego del montón, apartaba un billete de cincuenta euros y volvía a ingresar en su cuenta los quinientos y pico euros que le quedaban de ese mes.
El día que el cajero le preguntó para qué hacía eso, que no hacía falta que sacara todo, cada vez, la mujer le repetía que era para asegurarse de que el dinero que le ingresaban por la pensión le había llegado y que se quedaba en el banco, que no se fiaba.
Fin.












