La Obsolescencia programada, es la práctica comercial mediante la cual un proveedor limita la vida útil de un producto de forma deliberada con la finalidad de forzar al consumidor a cambiarlo. Si bien, en el ámbito académico la definición más aceptada es «el conjunto de técnicas diseñadas por un proveedor para reducir deliberadamente la vida útil de un producto y así poder aumentar la tasa de reemplazo». Actualmente nos encontramos con tres tipos de obsolescencia, son las siguientes:
Obsolescencia incorporada: Se da cuando el proveedor incluye deliberadamente deficiencias en el producto para limitar su vida útil, obviamente sin informar al consumidor.
Obsolescencia psicológica: Sucede cuando el producto, funcional conforme fue diseñado y todavía cumpliendo su función, es marcado por el proveedor como obsoleto y se enfoca en generarle al consumidor la necesidad de adquirir un nuevo producto adecuado
Obsolescencia tecnológica: Esta situación se genera cuando el progreso tecnológico hace que el producto anterior se presente como inferior en comparación con el nuevo, aun cuando el anterior cumpla con sus funciones originales. Su faceta más común es cuando se presenta una novedad como esencial y ausente en los productos anteriores.
Pero estas fórmulas “secretas” que reducen deliberadamente la vida de muchos productos para que sigamos consumiendo, son bien antiguas. En el caso de la Obsolescencia programada, a principios de los años 30, Bernard London propuso salir del crack del 29 y reactivar la economía a través de la “obsolescencia programada obligatoria”. London sostenía que sólo mediante la obsolescencia programada de los bienes y servicios, se podía garantizar que la maquinaria fabril siguiera en funcionamiento y, con ella, la sociedad de consumo. London culpabilizaba de la depresión económica mundial de aquel entonces a los consumidores que desobedecían “la ley de caducidad” usando sus coches viejos, radios viejas y ropa vieja mucho más de lo que los estadistas habían esperado.
A la vez que London pedía una obsolescencia programada obligatoria, comenzaron a formarse organizaciones de empresarios con el propósito de acortar la vida útil de los productos. En 1924, crearon el cártel de los principales fabricantes de bombillas de Europa y Estados Unidos. Su propósito era firmar un acuerdo para que ninguna bombilla superara las 1.000 horas de duración y si alguna empresa se saltaba el acuerdo, podría ser multada.
Hasta ese momento, las bombillas tenían una vida útil aproximada de 2.500 horas. Pero aún queda una bombilla como las de antes, que se ha convertido en el símbolo de la resistencia contra la obsolescencia programada. La bombilla de Livermore en California. Lleva 112 años funcionando de manera ininterrumpida. La cámara que vigila su funcionamiento ha sido reemplazada en varias ocasiones, víctima también de la obsolescencia programada. La bombilla fue fabricada en 1890 por la Shelby Electric Company y donada al cuartel de bomberos de Livermore.
Lleva encendida las 24 horas del día desde 1901, más de 800.000 horas de funcionamiento.
Hoy en día, la obsolescencia programada está involucrada en el impresionante crecimiento de la basura electrónica que se ha producido en las últimas décadas. Según Naciones Unidas generamos 50 millones de toneladas al año y, si se mantiene esta tendencia, podríamos alcanzar los 120 millones de toneladas anuales en 2050. Hoy tan solo se reciclan adecuadamente el 20% de estos desechos y la mayor parte del 80% restante termina enterrado bajo el suelo. Se trata de materiales tóxicos, que no son biodegradables y cuyo efecto dañino puede permanecer activo durante cientos de años. Según la ONU, representan el 70% de los residuos peligrosos que terminan en vertederos.
Además, se calcula que en 2040 las emisiones de carbono provenientes de la producción, uso y distribución de aparatos electrónicos representará el 14% de las emisiones totales: un impacto que se podría reducir considerablemente optimizando la vida útil de estos productos.
En diversas formas, desde la sutil hasta la no sutil, la obsolescencia programada es un problema muy arraigado en la actualidad. Desde la llamada durabilidad artificial, donde las piezas quebradizas se estropean, hasta que las reparaciones cuestan más que los productos de reemplazo, hasta actualizaciones estéticas que enmarcan versiones de productos anteriores como menos elegantes: los fabricantes de productos no tienen escasez de artimañas para seguir abriendo las billeteras de los clientes.
Como otro ejemplo de obsolescencia planificada aparentemente flagrante, son los cartuchos de impresora. Los microchips, los sensores de luz o las baterías pueden desactivar un cartucho mucho antes de que se agote toda la tinta, lo que obliga a los propietarios a comprar unidades completamente nuevas y nada baratas.
Aunque la obsolescencia programada tiene principalmente argumentos en contra, hay que reconocer que también tiene algunas ventajas. A nivel empresarial obviamente es beneficioso para la compañía, ya que aumenta sus ventas. Pero también ayuda a mantener e incrementar los puestos de trabajo. Por otro lado, el lanzamiento de nuevos productos y el deseo consumista de su actualización con nuevas funciones, impulsa el mercado en términos de innovación y desarrollo, mientras que sin estos elementos tendría menos motivaciones de evolucionar.












