Un amigo mío que, aunque él es más del mundo del cómic, conoce un poco el ambiente literario -creo que es amigo de Elvira Lindo y se ha codeado con Rosa Regás, Lorenzo Silva, Soledad Puértolas, Juan Manuel de Prada, Antonio Soler, Espido Freire, Gustavo Martín Garzo, Martín Casariego o Ángeles Vallvey- me ha dado un truco para “vender” libros en el caso de que me dé por publicar o autopublicar algo de lo mucho que llevo escrito.
Se refiere a escribir en la solapa de dichos libros los oficios en los que trabajé antes de hacerlo en una oficina, algo que ejerzo desde febrero de 1988.
Uno de los primeros casos que recuerdo de escritores con otros oficios aparte o antes del suyo es el de Cervantes. Fue recaudador de impuestos. La suya es una historia curiosa porque era un pardillo y lo engañaron.
Sus jefes se quedaban con mucho de lo recudado falsificando documentos de pago y al final él -que era de lo más bajo del escalafón, iba por los pueblos del sur requisando trigo, aceite o lo que fuera como pago a Hacienda- acabó en la cárcel. Cervantes también fue camarero de un Cardenal y soldado antes de terminar siendo el autor del Quijote.
Otro caso que me impactó es el de Cormac McCarthy que aparte de ser militar durante cuatro años en el ejército del Aire estadounidense, presentador radiofónico y granjero, se dice que vivió un tiempo trabajando casi aislado en una plataforma petrolífera en medio del océano.
Y luego está el caso de gente normal que salta a la fama por haber alcanzado el éxito, en clara demostración del constante error que cometemos al menospreciar a cualquier persona por el oficio que ejerce. No digamos ya si no trabaja.
Me acuerdo de un tal Jean Rouad que fue empleado en una gasolinera, vendedor de enciclopedias médicas y que cuando trabajaba de quiosquero, ganó con su priera novela el premio Goncourt, el más afamado de Francia.
Interesante es el caso de Peter De Vries que fue operador de máquinas expendedoras, vendedor de manzanas de caramelo, actor radiofónico, editor de una revista de poesía, o capitán de los Marines hasta que empezó a publicar libros.
Stephen King en su libro “Mientras escribo” cuenta que formó parte de un grupo de rock y que como oficio raro para alguien que tiene que echar tantas horas para sacar sus novelas, aparte de ambición, ganas, talento y suerte según opina él mismo: trabajó en una lavandería industrial. Se dedicaba a meter ropa en las máquinas y cuando acababa el ciclo de lavado, la sacaba. Eso era todo. También fue conserje de un instituto. Quién lo diría.
El chileno Roberto Bolaño, que ni siquiera terminó la secundaria porque prefería leer y escribir, cuando llegó como inmigrante a Europa -España y Francia- trabajó de lo que pudo: lavaplatos, botones, camarero, encargado de la recolección de basura, vigilante nocturno en un campamento, descargador de barcos, vendimiador durante el verano, vendedor en un almacén de barrio. Mientras escribía unos cuentos magníficos o novelas como “Los detectives salvajes” o “2666”.
Kafka trabajaba en una compañía de seguros. Dan Brown era pianista y cantautor. Chuck Palahniuk mecánico de camiones. Kurt Vonnegut vendedor de coches y trabajó en el departamento de relaciones públicas de General Electric. Y más y más.
Y me toca a mí. Lo pondré en mi currículum. Antes de ser oficinista -cuando sea escritor avisaré por aquí-, trabajé de camarero en un bar, de pintor de brocha gorda por muchas viviendas y fachadas de Mérida, albañil (un par de semanas, pero también lo digo), vigilante jurado y muchos veranos, de temporero en el campo. Conste en acta.
Fin.












