Tener un trabajo y estar en riesgo de exclusión social ya no es una paradoja. La devaluación salarial, la subida de precios, la pérdida de poder adquisitivo, el empeoramiento de los servicios públicos, y los trabajos precarios han hecho que crezca el número de personas que, a pesar de tener un empleo, rozan la pobreza.
La pobreza laboral se manifiesta en nuestra sociedad en aquellas personas que tienen empleo pero que viven en hogares en los que sus ingresos están por debajo del 60 % de la mediana de renta del conjunto de hogares, cifra en la que se establece ese umbral de riesgo de pobreza.
Es una realidad que la pobreza laboral se analiza a partir de la comparación del balance entre los ingresos que proporciona el trabajo y las necesidades del hogar, siendo el resultado o no la pobreza. Los principales rasgos que determinan las tipologías de pobreza en función de su duración son las variables educación e inserción laboral de los miembros del hogar.
Presentado todo esto, me parece poco responsable no advertir y a su vez no alarmar sobre las estadísticas que nos ofrece el INE sobre pobreza laboral, con un total de 3,5 millones de personas en España que no llegan a final de mes pese a tener un empleo. En concreto la pobreza laboral aumentó en casi 600.000 personas entre 2020 y 2021 y afecta al 17,9% de los ocupados. El mapa de esta nueva pobreza tiene como coordenadas la falta de empleo y la precariedad. El desempleo es el principal factor de riesgo porque el 40 % de las personas en paro están por debajo del umbral del riesgo de pobreza. Son 2,4 millones de personas sin trabajo y sin prestaciones, porque la insoportable duración de la crisis y los recortes en el sistema están agrietando gravemente la protección. España se presenta a través del INE como un país con una pobreza estática relativamente alta (en torno al 20 %), permanencia baja (2,7 % en un periodo de siete años) y transitoriedad elevada (44 % pasan al menos un año en la pobreza).
A diferencia de los países de nuestro entorno, en España la pobreza laboral afecta principalmente a colectivos ‘no marginales’ de trabajadores, y secundariamente a jóvenes (por el abandono más tardío del hogar familiar) y a mujeres, ya que el número de hogares monoparentales es aún bajo. No obstante, la pobreza laboral ha crecido más entre las mujeres trabajadoras que entre los hombres en los últimos años, algo que podría estar reflejando un aumento del número de hogares donde la persona que sustenta es una mujer.
Desde una perspectiva internacional, España se situaría en una posición intermedia, lo cual se debe a que, a pesar de tener una tasa de pobreza considerada alta, también tiene una tasa de transitoriedad elevada, lo que se refleja en unas tasas de persistencia intermedias o, incluso, bajas. Hay que destacar el alto grado de recurrencia que tiene la pobreza española, siendo el 42 % de los pobres recurrentes, es decir, que salen y entran en la pobreza varias veces en un periodo de tiempo determinado.
Las altas y estables tasas de pobreza, y pobreza laboral, en España alcanzan su cima en el año 2008, extrañamente la pobreza laboral convive durante mucho tiempo con un ciclo de expansión de la economía y el empleo que sin embargo no converge en la reducción de la pobreza ni de la pobreza laboral. Bajo mi opinión este fatal desenlace se produce por la baja capacidad del sistema de protección social español para corregir las desigualdades a través de transferencias monetarias.
Concretamente, tanto la escasez de transferencias sociales para familias en general y, específicamente, para hogares con niños y/o con miembros empleados (como el sistema de garantía de ingresos mínimos) tienen un impacto limitado en la reducción de la pobreza.
La pobreza laboral recurrente, se hace significativa a través de dos variables sociodemográficas: la edad y el estado civil. Dentro de la pobreza laboral los trabajadores más jóvenes aparecen con una menor propensión a la pobreza recurrente, mientras que el estado civil hace que los trabajadores solteros sean los más protegidos frente a este tipo de pobreza. Respecto al nivel de estudios, no haber alcanzado estudios terciarios aumenta la probabilidad de recurrencia. Las variables laborales muestran que los trabajos a media jornada y/o con bajos salarios aumentan la probabilidad de recurrencia, así como vivir en hogares donde las necesidades son altas (por el alto número de niños dependientes) o donde hay menos recursos.
En la pobreza laboral duradera cobran gran importancia las variables relativas a la educación, la composición y participación laboral del hogar. Esta pobreza crónica tiene más probabilidad de ser padecida por aquellas personas que no han alcanzado estudios secundarios de segunda etapa.
Y, respecto al hogar, la presencia de niños dependientes aumenta considerablemente la probabilidad de que un trabajador pobre lo sea de forma crónica, así como el mayor número de adultos en el hogar también incrementa dicha probabilidad.
En mi opinión, las tasas que se han señalado e independientemente del concepto de trabajador que se utilice, seguirán señalando a la pobreza laboral como un fenómeno eminentemente temporal, aunque también existirán personas que, a pesar de participar activamente en el mercado laboral, no conseguirán salir de la pobreza o escapar a la incertidumbre derivada de la movilidad de ingresos.
Tampoco preveo que sobre el actual concepto de trabajo pudieran formarse otras derivadas de pobreza temporal, recurrente y persistente a excepción de la pobreza de trabajadores por cuenta propia. Aunque sí veo posible, que las diferentes pobrezas que se han analizado presenten otros condicionantes, aunque eso sí, prácticamente similares.












