Apenas me despierto y busco cualquier reloj, mejor dicho, todos los relojes y a cambiar la hora. Los recientemente adquiridos me rebajan la condena y se sincronizan automáticamente. ¡¿Qué a las tres son las dos?! Y se quedan tan panchos, en algunas cadenas de televisión y radio tratan de hacernos comprender las bondades de la medida, sin mucho éxito. Por más que lo intento cada vez, nunca llego a comprender las ventajas ni el ahorro anunciado.
No obstante, tal y como ya hacía cuando estudiábamos Física, finalmente confío que “doctores tiene la Iglesia” y que mentes tan preclaras sabrán el porqué de este mini-estrés semestral. En esta ocasión perdemos luz natural durante la tarde de modo que empieza una época desde mi punto de vista más triste y que invita a un más temprano recogimiento en el hogar.
Por otra parte, y al ver quiénes son los dirigentes de las compañías eléctricas me vuelven a asaltar las dudas. Resulta que los responsables de hacer perdurar esta decisión son aquellos quienes terminan sus días profesionales en estas multinacionales. Que entiendo que o bien son enciclopédicos o estas empresas no han de ser muy exigentes a la hora de ser gestionadas.

Ya hubo quien en animosa conversación y subido a un escenario, el rol de tertuliano pluriempleado, tildó de tontos a los clientes de una de estas multinacionales energéticas. Seguramente no hizo sino publicar lo que en sus concienzudos consejos de administración debaten y afirman cada vez que determinan una nueva subida de tarifas.
Convendrán conmigo que hay que tener arte para controlar el oligopolio y además tratar de convencernos de lo ecológicos y ahorradores que son a la hora de tomar esta y otras medidas. Qué maravilla de creativos los encargados de la publicidad y el marketing de estas grandes corporaciones. ¡Cuánto verde y cuántos niños en sus anuncios!
¿Se imaginan que según a la hora a la que fueran a comprar el pan el precio fuera diferente? Además, que el panadero en un alarde de bondad y honradez les recomendara, cuando no les riñera, como han de consumir menos cantidad de este preciado producto. ¿Qué el peso se hiciera con la balanza que el mismo panadero calibra? Finalmente, cuando les diera la factura ustedes no la entendieran, pues ingenieros hay que tampoco, y la pagaran alegremente. Mejor aún, no habrían de pagarla pues ya se la habrían cobrado, directamente y a su cuenta corriente. (Que digo yo que se llamará así por lo poco que tarda en desaparecer el dinero de estos números menguantes).
Pues eso y no otra cosa es lo que nos hacen los herederos de aquellos que se repartieron los saltos de agua y la distribución de ese bien tan preciado.

¡Ay! Si levantara la cabeza don Thomas Alva Edison y viera el mercadeo que se tienen unos y otros gracias a su invento.
Y es ahora cuando por fin entiendo el porqué de según qué cuestiones. Al estudiar la vida y obra de don Thomas resulta que la primera de las patentes que registró data de 1868 y tenía que ver con una máquina para el recuento automático de votos. Murió creyendo que su invento había sido un fracaso, al contrario, nunca un inventor aportó dos creaciones tan relacionadas: La bombilla incandescente y la forma directa de determinar el modo y manera de elección de los gestores del negocio.
¡¿Qué a las tres son las dos?!












