La felicidad que nos espera, en la vida futura, es algo que todas las civilizaciones comparten. Quizás unas de las representaciones más conocidas, de este sentimiento, sean las imágenes de sarcófagos etruscos, como El Sarcófago de los esposos de finales del s.VI, a.C. que muestra una pareja casada, con una enigmática sonrisa, (la sonrisa etrusca) en los labios disfrutando de un banquete, en la otra vida.

Lo que no faltaba en los cementerios romanos era el ciprés. Este árbol del que nos habla el filósofo griego Teofrastro ( 372-287 a.C.) diciendo que es un árbol dedicado a Hades, el dios de la muerte, porque rebrota con facilidad y siempre está verde, representando la inmortalidad, es por lo tanto, un árbol de vida, no de muerte.

Cuando Abderramán II en el año 835, según consta en una placa que se conserva sobre una de las puertas junto al Puente Romano de Mérida, manda construir la Alcazaba, los musulmanes no sólo reaprovechan los sillares de granito de las obras romanas y visigodas, sino que arrasan todos los cementerios romanos que circundaban la ciudad llevándose las “cupas”, que pueden verse en gran abundancia confundidas con las demás piedras, encajadas con tierra, piedras y argamasa. La “cupa” era una figura de granito, semejante a una cuba partida por la mitad, que solía ponerse sobre la sepultura.

Antonio Vélez, en un artículo en el periódico Hoy el 28 de abril del 2008, recordaba un cementerio judío, que se encontraba cercano al Molino de Pancaliente y del que imagina que se llevarían, cuando su expulsión, las lápidas de sus difuntos. «Tal vez, ( se llevaron) también, las llaves de sus casas y las lápidas de sus difuntos, arrancadas del «Osario de los judíos», que estaba en el cerro que desde Pancaliente sube al Calvario, para descender luego al Albarregas.»
Y es que el día de los difuntos, no es de los difuntos, sino de la memoria y recuerdo de todos aquellos que compartieron su vida y su amor, con todos nosotros, y si mantenemos algunos objetos que les pertenecieron, es para mantener su recuerdo vivo.

Y este deseo de perduración y de recuerdo, hacía que los romanos construyeran sus tumbas junto a las grandes calzadas, en las afueras de las ciudades, para que los caminantes se parasen ante ellas, y recordaran la memoria de alguien, que desde allí se la reclama. Impresionante y emotivo, es el epitafio que se puede leer en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, y que le dice a quien pasa :»Praeterisse potes.» (Puedes pasar de largo), pero luego, le muestran al caminante, su dolor, y quieren recordarle, cuán tierno y cariñoso había sido aquel joven entregado a las llamas, rogándole :»Quisquis ades dicas si(t) tibi terra levis». -A quien quiera que esté presente, di séate la tierra leve-. Es como si le rogaran una oración por el difunto, frente a cuya tumba se encuentra, y quizás, de esta manera, recordándole el dolor sufrido por los vivos, es como si el difunto se encontrara menos sólo, acompañado por la memoria, de quienes todavía están sobre la tierra.
No siempre se ha tenido este deseo hacia el difunto. Y no sólo me refiero a las múltiples profanaciones de tumbas de personajes a través de la Historia. Sino a toda una serie de actuaciones sobre el cadáver para evitar su vuelta, e impedir que perturbara a los vivos.
Porque este miedo a los muertos, ha sido recurrente durante toda la historia de la humanidad. En el Papiro egipcio Mágico de Leyden, se encuentran algunos conjuros para evitar que los vivos, al recitarlos, sean importunados por lo difuntos. “¡Atrás, tú que traes tu rostro, tu alma y tu cadáver y vosotros, que embrujáis con vuestros rostros y con vuestras imágenes¡ Oh, espíritu muerto, muerta, enemigo, enemiga durante el viaje de la noche¡¡Mirad a vuestro alrededor y veréis al Señor del Universo¡… Decir estas palabras… Después ya no volverás a ver espectros.”

Hace unos pocos años, unos investigadores italianos, encontraron los restos, en Venecia, de una mujer de la que no dudaron en pensar, que había sido considerada en su tiempo una vampiresa, porque le habían colocado un ladrillo entre las mandíbulas, para impedir que se bebiera la sangre de los vivientes, y propagara la plaga que en el siglo XVI, asoló la ciudad. ¿Por qué se lo pusieron sólo a ella? ¿Había algún antecedente, que lo aconsejara?
El esqueleto, se encontraba en una fosa común, donde había otros cadáveres acumulados, como resultado de la plaga que hubo en 1576, en Lazzaretto Nuovo, lugar situado a unos tres kilómetros al noreste de Venecia, y que fue utilizado como sanatorio. Esta creencia de la existencia de seres que sobrevivían a la muerte física, y que volvían a la tumba en la que habían sido enterrados, durante el día, tenía su base en la contemplación, al reabrir algunas fosas, de algunos cuerpos hinchados por gas, con el pelo creciendo y sangre saliéndole por la boca.
Las telas con las que le habían cubierto la cara, dejaban ver los dientes, ya que las bacterias de la boca habían podrido el paño. La creencia medieval de la existencia de unos muertos vivientes que extendían la muerte, al chupar la sangre con la que conseguían la fuerza para volver a las calles, hizo pensar en cómo matarlos, o al menos evitar que sorbieran la sangre de los vivos, para ello se debía de quitar el paño de su boca y colocarle algo que no pudiera comer, como un ladrillo.
Pero con frecuencia, el espíritu bondadoso de los difuntos, que exhalan algunos tras la muerte, lo han materializado en la figura de una paloma.

Así, la imagen de un hombre prehistórico agonizante o muerto, corneado por un bisonte herido, pintado en las paredes de las cuevas de Lascaux, y cuya datación está entre los 13.000 años a.C, aporta, entre las figuras pintadas, una iconografía que aparentemente nada tiene que ver con la escena, la de un ave que se encuentra en primer término de la imagen, y que nos llevaría, a percibir el simbolismo del espíritu que vuela fuera del cuerpo del difunto, y que se repetirá en todas las culturas y tiempos y que también incorporará en sus relatos e iconografía, la religión cristiana, en la que de sus santos, y al exhalar el alma, sale esta de su cuerpo en forma de paloma. Dice el poeta Prudencio (S.IV-V), en su Peristephanon, que al morir santa Eulalia, la gente vio que salía de ella una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, ante cuya visión los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente.
Y esta escena la repetirá en sus versos un monje francés que escribió en el 878, la “Cantinela de Santa Eulalia.” Dedicada a Santa Eulalia de Mérida, y que fue primera escritura realizada en francés.
“En figure de Colomb volat a ciel” (En figura de paloma vuela al cielo)

Se ha puesto de moda la incineración y la dispersión de las cenizas, lo que en cierta manera muestra un desapego hacia el ritual ancestral heredado desde milenios, y hasta el recuerdo y veneración del lugar en donde se encuentran los restos de nuestros difuntos. Porque cuando enterramos a nuestros muertos, conocemos el lugar donde se encuentran, y se limpia y cuida la lápida, y se reponen o se ponen flores, para mostrar que su recuerdo y su afecto no han desaparecido tras su muerte.
En estas lápidas, no suelen faltar tres letras: DEP o RIP. (Requiescat in pace).
Pero estas palabras latinas cuyo significado es “descanse en paz” han sido con frecuencia poco respetadas en abundantes casos, con los restos de grandes personajes, y sobre todo de mártires, o santos que han viajado, en la muerte, mucho más de lo que lo hicieron en vida, siendo, en no pocas ocasiones, motivo de luchas entre ciudades, o incluso pleitos entre naciones, o ciudades como entre Oviedo y Mérida » Pleitu ente Uviéu y Mérida pola posesión les cenices de Santolalla, (Pleito entre Oviedo y Mérida por la posesión de las cenizas de Santa Eulalia )» , sobre quien albergaría los restos de tan ilustres cadáveres.
Muchas de estas historias, las recogía en un libro, la periodista Nieves Concostrina, pero muchas otras se encuentran en cualquier libro que nos hable de la vida de los santos católicos, ya que desde el S.IV, se despierta una pasión por los restos de los mártires, que llegará a convertirse en negocio y fuente de riqueza en la Edad Media, para los Conventos y ciudades, que poseyeran sus restos, aunque su autenticidad sea con gran frecuencia más que discutible y esté más asentada en leyendas y relatos fantasiosos que en firmes datos históricos, pero que según la importancia o popularidad de las reliquias que albergaban entre sus muros, atraían una gran cantidad de peregrinos que lo/as convirtieron en centros de cultura, poder y dinero.

Aunque alguno hubo, que deseaba que se cumpliera, el que una vez muertos, los dejaran en paz.
Así, en la colección visigoda del Convento de Santa Clara de Mérida, encontramos una lápida de un tal Maurilio del s.VII, execrando contra aquellos que : “inquietarent corpus”. Que “perturbaran la paz de su cuerpo” Lo que traducido en su intencionalidad, venía decir ¡Dejadme en paz, que ya estoy muerto¡
Porque, qué menos, que cumplamos los vivos el último deseo de los muertos del : “Descanse en Paz” Requiescat in Pace. Rip. Y que nos acordemos de las bondades de aquellos que nos dejaron, aunque en algunos, se cumpla el dicho: -No sé si Antonia, estará en el cielo, pero tras su muerte, nosotros estamos en la Gloria.
Amén.












