Stephen King en el primero de los tres prólogos que tiene “Mientras escribo”, su ameno y nutritivo libro sobre el oficio de escribir, cuenta que a principios de los años noventa del siglo pasado formó parte de un grupo de escritores -aparte de músicos aficionados- que montaron una banda de rock and roll llamada “The Rock Bottom Remainders”.
El nombre está relacionado con el término «remaindered book» que significa “libro sobrante” que es aquel que no se vendió bien y acabó como libro de saldo.
En ese grupo tocaron escritores de éxito como -aparte de Stephen King, guitarra rítmica- Scott Turow, Mitch Albom, famoso por su superventas “Martes con mi viejo profesor” a los teclados-, Matt Groening, el inventor de “Los Simpson” o la que para mí es mejor escritora de todos ellos, Amy Tan -corista de fondo en la banda-, mejor escritora incluso que Bárbara Kingsolver -teclados- que también tocaba en el grupo.
En los conciertos -en Youtube se puede ver alguno- a veces tocan una especie de balada country, otras plagian a Metallica a cámara lenta, aunque lo suyo parece una mezcla de rock sesentero y de rockabilly pausado y técnicamente impecable (es un decir).
Se ve, entre otros a Stephen King en primer plano, con sus gafas de cristales sin reducir y que le ocupan media cara, con su camiseta negra a juego con el color de la guitarra, un poco encorvado -medía 1,93 m. aunque ahora, a sus 75 años seguro que menos- y a Kathi Goldmark -escritora, publicista y música, fallecida hace ya diez años- que fue a quien se le ocurrió la idea de montar una banda de rock, aparte de a otros cuantos con sus guitarras, sus posturas extrañas, agarrando el micrófono por el cordón o desgañitándose a voz en grito.
También se puede ver al fondo a Amy Tan con sus rasgos orientales -su padres, chinos, emigraron de su país a causa de la guerra- haciendo los coros con un par de chicas más con minifalda y gafas de sol negras. Se hacen llamar las “remainderettes” al estilo del trío de coristas de las “The Dixie Cups”.
Tenía que ser divertido ver sobre un escenario lleno de micrófonos, baterías y teclados a catorce o quince personas a su aire, cantando, moviéndose arrítmicamente de derecha a izquierda, tocando la guitarra -hay uno que es igualito físicamente a Sergio, del dúo “Sergio y Estíbaliz”, ya fallecido, cuando formó parte de el “El Consorcio”, engordó y se dejó barba- o lo que fuere menester, algunos ni siquiera de cara al público.
Stephen King cuenta que tenían pensado hacer un par de conciertos benéficos y poco más, pero que “la broma” duró veinte años, desde 1992 hasta 2012m con un nuevo brote psicodélico en 2015.
Empezaron por amor a la música y por amistad. Dice que cuando se juntan nunca hablan de literatura ni de libros, ni tan siquiera de dónde sacan las ideas para sus historias.
De lo único de lo que hablaron una vez es sobre si en las entrevistas que les hacían (la mayoría son escritores de best-seller y no solo en EEUU) les preguntaban sobre el lenguaje. Todos coincidían en que no. Nunca les hacen preguntas sobre sus métodos de escritura creativa, solo sobre las historias, las curiosidades y las anécdotas.
Termina diciendo que el que le pregunten a él -que ha vendido unos quinientos millones de ejemplares de sus casi cien libros escritos-, sobre la elaboración de esos libros es como si le preguntan al Coronel Sanders -el de los restaurantes de comida rápida “Kentucky Fried Chicken”- cómo “fabrica” tantos pollos como vende. Como si sus libros fueran eso, una fábrica de pollos fritos.
A ellos, los escritores de superventas, no les preguntan sobre el lenguaje, las herramientas con las que se gana la vida, sin embargo a otros escritores sí, a Don DeLillo, John Updike y otros con más “enjundia” sí, se queja.
Y eso a él le molestaba porque las palabras son las que le dan de comer, son su vida, los utensilios con los que trabaja. Que no le pregunten por su música, su estilo, sus zarandeos a la guitarra o el ruido de fondo de su banda “The Rock Bottom Remainders” lo entiende, el que nunca le pregunten por el lenguaje, no, remató.
Por ese motivo S. King escribió su libro «Mientras escribo», uno de los más entretenidos que he leído sobre aprender a escribir.












