Este sábado vi un poco del programa de la Sexta de por la noche. Hacía años que no lo hacía, tantos que el programa es otro. Ha cambiado de nombre y no sé si de formato, estilo y temáticas a tratar. Llegó un momento que -la Sexta noche- llegó a ser para mí un insulto a la decencia y dejé de seguirlo y de indignarme, porque había noches que me costaba dormir por lo que había estado escuchando.
Hace un par de días, gente experta en la materia, hablaba de los influencers. En los diez o quince minutos que estuve delante de la pantalla me acordé del libro “¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales” de Nicholas Carr.
Influencer es una palabra que no existe en nuestro idioma, en la RAE, digo. Ni como extranjerismo. En español se diría influyente, influidor o influenciador, pero nos dejamos influir tanto que la que quedará será “influencer”.
Para mí, algo que me «influye» es lo que actúa sobre mi ánimo, mis sentimientos, emociones, ideas y forma de vida, en definitiva, lo que se apodera de mi tiempo. Si lo pensamos un poco, solo somos tiempo.
Alguien dijo que los jóvenes de ahora solo quieren ser influencers, youtubers o tiktokers. Esa sería su manera de ganar dinero haciendo lo que les gusta.
Está muy bien vivir de lo que a uno le apasiona. En mi época la gente quería ser futbolista o cantante melódico, estilo Camilo Sexto, Pedro Marín o Los Pecos. Eso sí, si algún familiar te preguntaba qué querías ser de mayor decías que médico, maestro o policía, sabiendo que a ti lo único que te gustaba era pegarle patadas a un balón. Y si eras mujer, ni te preguntaban directamente porque se daba por hecho (en serio, y no soy tan viejo) que serías ama de casa y madre, muy y mucha madre.
Cuando puse la televisión y enganché con la Sexta, un señor decía que «los youtubers trabajan mucho más que muchos funcionarios de este país». Para mí el ejemplo fue un tanto fallido. Podría haber puesto otros muchos ejemplos de profesiones, pero ya se sabe que si hay que denostar (humillar, deshonrar, vejar) a alguien, con los funcionarios es más fácil. Así, superficialmente hablando. Podría haber matizado que hay funcionarios, los maestros y profesores por ejemplo, que a veces trabajan mañana, tarde y noche y no se van a vivir a Andorra para pagar menos impuestos a Hacienda. No hace falta decir que ganan bastante menos dinero que algunos influencers muy trabajadores (parece ser que son esclavos de sí mismos y de su dinero).
No estoy hablando de que estoy en contra de los youtubers, tictokers y demás. Más o menos controlo algo porque aunque tenga 58 años, gracias a mi hija de 17 y a sus amigas de edades parecidas, no me alejo mucho de la realidad.
He mirado los currículums de algunos influencers. La clave de sus vidas no es influir, consiste en ganar dinero. Es decir, el dinero es el único Dios que existe. Y no solo para ellos. Las gentes del lugar solo quieren ganar dinero. Mucho. Nadie se conforma con tener, lo que se decía antes: las necesidades básicas cubiertas. Dinero. Solo dinero.
La televisión, como cualquier medio de (in)comunicación, nos hace cada vez más superficiales. Nadie profundiza en nada. Ningún experto en la materia que se esté tratando (el que habló de los funcionarios es experto en redes sociales, es decir, tiene muchos conocimientos en la materia en la que es especialista, pero no sabe mucho del funcionariado, solo lo que se dice o lo que dice gente como él, lógico, por otra parte) profundiza, se queda en lo superficial, no sea que otro se apropie de sus conocimientos. Por ejemplo.
El libro “Superficiales” de Nicholas Carr es de hace doce años. Tanto no ha cambiado el panorama desde aquel año hasta la fecha. En él se cuentan cuestiones muy enjundiosas. Lo abro por cualquier página.
En la 209 pone “Inundados en todo momento por información de interés inmediato, sin más remedio que recurrir a los filtros automáticos, otorgamos instantáneamente privilegios de validez a lo más nuevo y popular”.
Si esa información de interés inmediato te la da alguien -que gana un pastón con cuántas más visualizaciones tenga porque se lo paga “la publicidad”- de una manera divertida y amena, te la crees sin necesidad de ir a otras fuentes, contrastar o saber quienes son las personas que más saben de esas materias en concreto.
El ejemplo es de un arquitecto que es youtuber y que no terminó la carrera. No sé si esto significa algo. Creo que gana bastante dinero con cuestiones poco relacionadas con la arquitectura, pero si así fuera -es decir, si hablara de construcciones, licencias de obra, cimentaciones, edificios y demás- yo preferiría tener más criterio y leer, estudiar o “seguir” a influencers (“influentes” decía un señor mayor que andaba por allí, en el programa de la Sexta de por la noche), pero no en la pantalla, arquitectos de renombre como Le Corbusier, Norman Foster o Frank Gehry, no se me ocurren más nombres.
Porque la clave es la “Educación”, la base que tenemos, el criterio, los fundamentos, superficialmente hablando. Y eso no tiene mucho que ver con ser un tiktoker, un youtuber o un «influente».
Fin.












