Quizás el psiquiatra Oliver Sacks empieza su autobiografía titulada “En movimiento. Una vida” con la frase de Kierkegaard que dice: “La vida hay que vivirla hacia delante, pero solo se puede comprender hacia atrás”, por lo que él cuenta en la página 18 de su libro.
A sus dieciocho años acababa de conseguir una beca para Oxford y antes de irse a estudiar tuvo cierta conversación con su padre. Su avispado padre le preguntó si le gustaban las chicas. Él dijo que no estaban mal…, pero que prefería a los chicos. Lo suyo, dijo, era “una sensación” porque todavía no había hecho nada con ninguno.
Oliver Sacks le dijo a su progenitor, que no le contara nada a su madre, pero lo hizo. Tanto su madre como su padre eran médicos (y judíos), pero ella, a pesar de sus conocimientos científicos y de ser muy abierta y apoyar a su hijo en todo, estaba obsesionada con la religión y en especial con uno de los terribles versículos del Levítico que dice: “No te acostarás con varón como mujer: es abominación”.
Su madre “con una cara que no le había visto nunca”, dijo que eso era una abominación (algo repulsivo) y que “ojalá no hubieras nacido”. Y le dejó de hablar durante un tiempo. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de hace setenta y cinco años.
Él, Oliver Sacks, el futuro neurólogo, se puso a indagar en los muchos libros que tenían sus padres sobre patologías sexuales, aparte de libros de química y biología. No estaba de acuerdo con que “lo suyo” fuera una enfermedad con nombre y apellidos y diagnóstico.
Sus amigos sabían que él era “diferente” sobre todo porque era un chaval muy activo que se apuntaba a todo excepto cuando quedaban con chicas para ligar. Él, cuenta, prefería quedarse mirando la estatua del musculoso Lacoonte que había en la entrada del colegio donde estudiaba.
Oliver Sacks tenía dos amigos a los que sí les había contado que le gustaban los hombres. Uno de ellos para justificarlo decía que lo que a él le pasaba es que era “asexual”.
Sacks sabía que somos hijos de nuestra educación, nuestra cultura y de nuestra época, aún así, no llegó a comprender del todo a su madre, nacida en 1890 y de una educación ortodoxa y rígida. Además, en la Inglaterra de 1950 la homosexualidad no solo era considerada una perversión sino también un delito.
Las palabras de su madre, que hasta llegó a desearle la muerte (o no haber nacido) afectaron de por vida a Oliver Sacks que a pesar de tener una sana, intensa y promiscua vida sexual, inyectaron un sentimiento de culpa que le acompañó durante toda la vida.
Era tal la presión social contra la homosexualidad que su hermano mayor decidió llevarlo a una prostituta.
Cuando entró en la habitación del burdel, enseguida la mujer se dio cuenta de que era imposible hacer nada con él. Se tomaron un té y estuvieron una hora hablando animadamente.
Oliver Sacks quería ser químico, pero al final, al igual que sus padres y sus dos hermanos mayores, acabó estudiando medicina psiquiátrica lo que le ayudó a entender que lo suyo no era una enfermedad.
En el libro, más adelante, cuenta que la primera vez que se acostó con un hombre -en Ámsterdam- iba totalmente borracho por lo que no se enteró de mucho. Él continuaba con sus miedos e inhibiciones. Hablando con el hombre con el que perdió la «virginidad» consiguió reprimir muchos de sus miedos.
En Ámsterdam (Holanda) no era delito ni estaba prohibido ser gay, ni era algo reprensible o patológico.
En aquella Inglaterra si te “cogían” con otro hombre (o mujer con mujer) podías acabar en la cárcel o ser castrado químicamente mediante la administración obligatoria de estrógenos. Y aunque había algún pub gay era controlado con continuas redadas.
Menos mal que en Inglaterra (y también en España, al menos con la llegada de los años ochenta del siglo pasado) se impuso la cordura, la sensatez y la naturalidad. La sociedad ahora es más inteligente y afectiva que antes, la gente pueda elegir libremente su sexualidad.
También ayuda comprender lo que dijo Kierkegaard y que escribí al principio:
“La vida hay que vivirla hacia delante, pero solo se puede comprender hacia atrás”
Fin.












