Próximo a ingresar como miembro de pleno derecho en el club de los sexagenarios, me permito lujos que antaño la ambición y el tiempo que ella precisaba impedía. Bendita niñez, breve adolescencia y escasa juventud que desembocaron en mi etapa adulta, precoz e impaciente por necesidad. Angustia vital domeñada y que despeja el horizonte con lujos como la lectura, estación previa al placer de su hermana mayor: la escritura.
Descubro tesoros que, aún anunciados, tenía esquinados en algún rincón de la memoria. Tal me ocurre hoy con la azul edición facsímil de “El Pobrecito Hablador”. Revista Satírica de Costumbres, por el Bachiller don Juan Pérez de Munguía (seudónimo de Mariano José de Larra), número 11, enero de 1833, Madrid.

Pecado capital el de la pereza española, incrementada en la actualidad con los también nacionales de la soberbia y la envidia. De entonces a hoy, escasas modificaciones a una manera de ser, la española, tan dada a elucubraciones de café, utópicos consejos, enseñanzas y recomendaciones al prójimo y nimias o nulas enmiendas propias.
Párvulo, camino a sesentón, me sigo sorprendiendo de la falta de interés de los privilegiados por aquella decimonónica reforma de la Administración española. Pereza, fatiga crónica española, que tan bien se refleja en el genial artículo de don Mariano y que, pasados dos siglos, tenemos la desgracia de seguir padeciendo.
Asombrado con los múltiples anuncios políticos y anticipadas inauguraciones públicas, previas a la finalización de las tareas, en un afán frenético y cuasi esperpéntico rayano en lo cómico; donde ministros e incluso el Rey se prestan a la yincana preelectoral en pos de recolectar lo tan vagamente sembrado.
¡Vuelva usted mañana!, eterno. ¡Vuelva usted mañana!, de lentos y quejicosos que acuden retrasados a sus obligaciones laborales con el único empeño de aminorar la espera hasta la recreativa pausa del mal llamado desayuno y devenido en real almuerzo institucional.
Constitucional sistema de castas maquillado, donde medrar, basándose en aquel examen de oposición y méritos inciertos que poco o nada tienen que ver con la misión precisa y que obligan a personal interino, laboral, empresas públicas, semipúblicas y semiprivadas, que de todo hay.
Cortes de cintas para megaproyectos, más o menos verdaderos, con doble ancho de vías y estrechos de miras. Políticos y multinacionales mintiendo o, en el mejor de los supuestos, entreteniendo en un reiterativo “día de la marmota” cansino por conocido y perenne.

Y por el contrario… ¡Vuelva usted mañana! de la sempiterna burocracia medioambiental y de la mal denominada “Dirección de Programas de Patología Porcina” para una humilde y autóctona explotación porcina extremeña.
Administración en manos de mercenarios a sueldo de empresas públicas, semipúblicas y demás… más interesados en invitaciones y monterías particulares.
¡Vuelva usted mañana!, que nos traen al subconsciente imágenes de “Los Santos Inocentes” y “Bienvenido Míster Marshall”. Tras dos siglos de aquella necesaria reforma en la Administración pública española se precisa la actualización de criterios y objetivos. Y a ser posible… ¡hoy!
Pd.: Si algún servidor público se da por aludido le ruego se ponga en contacto conmigo con el objetivo de cerrar finalmente y tras más de tres años el expediente de la explotación porcina aludida y no mencionada por respeto al empresario (este sí, extremeño y real) y a la Ley de Protección de Datos. ¡Qué ya será razón!












