Ayer, en televisión, un tertuliano con palabras muy medidas y parece ser que bien argumentadas, dijo que España va muy mal y que el país se va a la ruina.
Enseguida otro tertuliano, cuando el primero ya no estaba en pantalla, replicó diciendo que ese señor que dijo que España va muy mal lo sabe muy bien porque lo ve cuando se da una vuelta en su yate por las aguas no sé si dijo de Jávea o de Játiva. Porque ese señor tiene un yate.
Esto de los yates es un tema curioso. Hace años, paseando con un amigo por Puerto Marina (Benalmádena) que es como el Puerto Banús (Marbella) de los pobres, pero no para comprar o montarte en barco -se puede alquilar alguno con o sin patrón a partir de 300 € día- sino para pasear y mirar, me dijo que su ilusión era comprar un yate. Yo le dije un poco exageradamente que para tener un yate tenías que ser o futbolista de los buenos o mala persona y que a veces un asunto está relacionado con el otro: cuanto peor persona eres más arriba llegas en el mundo del fútbol. Y más grande es el yate que te puedes comprar.
Yo, lo dejé ir porque conocía, más o menos, la situación económica de mi amigo basándome en una frase que me dijo mi padre de pequeño: “Uno que necesita trabajar para vivir, siendo honrado, lo hace porque no tiene dinero suficiente para no necesitar trabajar para vivir”. O algo así. Y este amigo trabajaba. Y muchas horas y siempre llegaba apurado a final de mes. Como cualquiera. Como cualquiera que no tiene yate. Digo yo.
Después de esa conversación con mi amigo me informé de cuánto cuesta “aparcar” un yate, no ya un velero o una barca de pesca al estilo “La Dorada” de Chanquete. Depende de que según en qué puerto, leí en internet. Calculé a ojo que sale a unos mil euros al mes contando amarre, electricidad, agua y dependiendo, eso sí, del tamaño del barco. El salario mínimo por aquellos entonces era de poco más de seiscientos euros. Mi amigo ganaba el doble de esa cifra.
No volví a hablar del asunto de los yates porque a mí no me gusta llevar razón, prefiero hacer pensar, así quedo mejor y parece que no me las doy de “leído”, no sé si me explico.
Ahora que caigo, lo que cuento ocurrió en 2015. Recuerdo que aquel verano salieron en televisión imágenes de un señor con un bañador amarillo al que mucha gente creía en la cárcel, subido en un barco. Decían que olvidaba sus problemas fiscales paseando en un yate por Mallorca. Es lo que hacemos todos antes de presentar la declaración de la Renta. No sé si dijeron si el yate era suyo o no, pero para el caso da igual.
Ahora se vuelve a hablar de barcos, por un lado porque el rey emérito a sus 85 años, según leo en un diario del 30 de julio, “…recogió esta tarde el premio que acredita al Bribón 500 como el ganador del Trofeo Hotel Carlos I de Silgar en la clase de seis metros.” y por otro porque, leo, una de las prácticas habituales de Daniel Sancho era el yatching que consiste -de lo que se entera uno- en hacer fiestas y practicar sexo «pagado» en un yate o algo así, tampoco he querido indagar más. Yo he venido aquí a hablar de yates no de fiestas ni de sexo.
No sé si mi amigo con los años puso los pies en la tierra o sigue pensando en comprar un un yate. «Ya te» veo por donde vas: se dice que de ilusiones también se vive.
No sé si la palabra ilusión está relacionada con iluso o con ilusionismo, ¿Será por eso que las salas de juego y las casas de apuestas invanden los barrios más humildes de las ciudades? Será, pero esto ya no tiene que ver con yates. O con que España se va a la ruina. O sí.
Fin.












