No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera, pero sé que no conozco ese sentido y que por el momento es imposible conocerlo.”
Albert Camus
Desde que ocurrieron los atentados en Madrid hace ya diecinueve años (¿tanto tiempo ha pasado ya?) hemos ido bastantes veces en tren desde Mérida a Madrid.
Nada más bajarnos del tren, en la estación de Atocha, solemos aprovechar para comprar un puñado de libros en la cercana Cuesta de Moyano, que está casi pegando con una de las “esquinas” del Parque del Buen Retiro. A veces reponemos fuerzas con un bocata de calamares de los de toda la vida en el bar El Brillante también cerca de la estación de Atocha en la llamada “glorieta de Atocha”, o plaza del Emperador Carlos V.
No deja de sorprenderme el mucho tráfico rodado que se desparrama raudo y veloz por toda la ciudad surgiendo de esa plaza como si no hubiera un mañana.
De todo lo que ocurrió el 11 de marzo de 2004 (11-M) lo que más se me quedó grabado es el sufrimiento y el dolor (que aún persiste) de las vidas de los familiares de los fallecidos, en el de los heridos de diferente consideración y en el de mucha gente que vivió de cerca esa absurda masacre en nombre de no sé aún bien qué o quién.
¿Quién en aquellos momentos no sufrió la incertidumbre de lo desconocido porque tenía un familiar, un amigo o un conocido viviendo en Madrid?
Dicen que el tiempo lo cura todo. No lo sé. Quizá lo hace todo más tenue, pero no creo que tal monstruosidad se borre nunca de la mente de nadie afectado.
De esta fecha me quedo con los gestos de humanidad y solidaridad de las personas de toda condición ante la desgracia y, quiero olvidar, aunque duela, cualquier tipo de manipulación retorcidamente interesada.
En Atocha erigieron un monolito en recuerdo y conmemoración de los crímenes del 11-M. Las tres o cuatro veces que he pasado por la estación desde el atentado, es tan palpable el recuerdo que transmite el nombre de
“Atocha” que no necesito saber que allí hay un monolito.
Ese día un hermano mío trabajaba en Ifema, Madrid. Como vigilante de seguridad. Ese día estaba de guardia. En Ifema, montaron una especie de tanatorio improvisado. Llevaba bolsas de basura repletas de cadáveres destrozados. Del dolor de la gente desesperada buscaba a sus allegados por esos pabellones gigantescos sabe mucho mi hermano.
P.D.: Hay un libro que es una crónica (de 07:00 a 07:39 de ese día, los minutos previos al atentado) donde se cuenta cómo se rompió la cotidianeidad de personas (como tú, como yo) que se levantaron pensando que ese sería un día más. Y murieron o quedaron heridos o trastornados. Fue un día sin comienzo, que es el título del libro al que me refiero, escrito por Alonso Guerrero, con fotografía de cubierta de Pedro Gato y editado por de la luna libros.
Con la frase de Albert Camus del inicio del texto, arranca el libro «Un día sin comienzo» de Alonso Guerrero.












