Me gusta la foto en donde unos señores felices y contentos, aprovechando que la Biblioteca Municipal de su pueblo ha cambiado su política de préstamos de libros y pueden sacar todos los que quieren y no cinco como máximo por persona como antes, aprovechan la coyuntura.
Entre los tomos que llevan en brazos, puedo vislumbrar el “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury en donde se cuenta que unos bomberos raros se dedican a quemar libros.
Y luego, como no podía ser menos, como ávidos lectores que son, cargan con los míticos y deseados (tan manoseados y leídos ellos) “Sabor a hiel” de Ana Prosa Quintana, “Ambiciones y reflexiones” de la madre de Andreíta, Belén Esteban, el “Desde dentro” del máquina de David Bisbal, “Un ciudadano libre” de Albert Rivera, “Una España mejor” de Mariano Rajoy, “Manual de resistencia” de Pedro Sánchez o “XXXII Pregón Taurino. Sevilla 2014” de Esperanza Aguirre (en serio, lo prometo, este libro existe).
Y también uno referente a un tal Alfred Rosenberg que allá por 1940 montó en la Alemania nazi la “Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg” o “Personal de Operaciones del Reichsleiter Rosenberg” que se dedicaba a expoliar las bibliotecas de los judíos.
Conocida es la quema de libros “patrocinada” por Goebbels. Que sí, que quemaron libros, pero fue más propaganda que otra cosa porque esos señores lo que querían era confiscar manuscritos y libros de bibliotecas y archivos nacionales, quedarse con importantes artefactos de autoridades eclesiásticas y logias masónicas y también, por supuesto, con todos los bienes culturales valiosos pertenecientes a los judíos.
Y convertirlos en dinero porque, según me han contado, las guerras (aunque sean mundiales) se hacen por dinero y por poco más, da igual el precio que se pague a cambio.
El tal Alfred Rosenberg era “un máquina”. Y uno de los peores ideólogos nazi (en algún sitio leí que era tan odioso que hasta sus camaradas le tenían un profundo asco). Su plan consistió en construir un museo con todo lo robado a los judíos y a quién fuere menester. Dicen que el botín que recolectó (entre libros, cuadros, esculturas, pinturas y demás obras de arte) fue equivalente a 1.418.000 vagones de tren.
Menos mal que hoy en día, ya no se pueden quemar libros. Y si se quemaran, tendrían que hacerlo también con los millones de pdf que pululan por la red. Y los ebooks, los e-readers, los Kindle Paperwhite, los androids, móviles, iOS, windows, apps, documentos words, openOffice Writer, MacOS y demás parafernalia on line.
En definitiva, además, hay tantas opciones que uno ya no sabe ni qué leer.
¡Viva el 23 de abril! Pues eso, que viva. Y que yo lo lea. En un libro de papel a ser posible.












