“Te tienes que lavar la boca con lejía para mentar a…”, así se decía hace casi medio siglo, cuando alguien había expresado, de manera desafortunada o desfavorable, un comentario negativo o peyorativo refiriéndose a un ser querido.
En caló te lo digo, para que me entiendas: “Me jiño en tós tus muertos”, que diría mi amigo Ángel el Gitano, del que no dejo de acordarme cada día y al que deseo ver pronto, aun cuando su mala cabeza le ha llevado a disfrutar de unas merecidas vacaciones provisionales y sin fianza, en régimen de todo incluido, en la carretera de Olivenza.
Sólo faltaría que el presidente Ibarra, que ha dedicado toda su vida y su salud a los demás, no pudiera ahora seguir rompiendo cristales. Quien eso persiga no conoce al personaje ni a la persona y sin duda se va a encontrar con la horma de su zapato.
Tuve la suerte de conocerlo hace cuarenta años de la mano de otro veterano del Partido Socialista Obrero Español, el calamonteño Eugenio Álvarez Gómez, en la puerta del Teatro Romano.
Mi hermano José Miguel, quien por inquieto se fue de avanzadilla al Cielo para allanarnos el camino a los demás hermanos, les ofreció las almohadillas que, aquel verano de 1983, alquilábamos a las puertas del bimilenario monumento en las noches estivales de representación teatral.
Mi hermano, el Chico, que así apodábamos al cuarto de los Cañamero, no consiguió que aflojaran el parné y todavía tuvo arte para cederles el goce y disfrute de nuestro elaborado producto textil, gratuitamente, siquiera sea porque su padrino de bautismo era nuestro tío Isaac Álvarez Gómez, hermano del tío Eugenio.

Posteriormente, como buenos vecinos nos saludábamos a las puertas de Clínica Veterinaria Emérita de la Avenida José Fernández López, donde un puñado de jóvenes e ilusionados veterinarios recién comenzábamos a practicar lo aprendido en la universidad.
Juan Carlos Rodríguez Ibarra, iba andando desde la Casa Presidencial hasta la sede del PSOE que se encontraba al final de la misma acera, una vez pasado y casi enfrente del molino de Pancaliente.
Fueron su hija “Leito” y su perro teckel los responsables de que hablara con él, con Juan Carlos, quien por un instante aparcaba su rol de Presidente y ya despojado de chaqueta y corbata, dedicaba un momento a su verdadera pasión: su hija que, harta de añorarle, lo disfrutaba la media hora escasa que duraba la consulta para su mascota.
El destino nos volvió a unir en plena crisis y con el mismo pretexto, gracias a Brinco, su mascota enferma y de nuevo por vecindad tuve el privilegio de traspasar el umbral de su casa que desde aquel día tengo el privilegio de considerar la mía.
Hoy me desayuno con sus palabras y aun estando advertido y alerta, por poco no me ocasiona una pitera o descalabradura con el certero peñascazo, antes de alcanzar su vítreo y transparente objetivo.
Mi admirado pariente y compañero de columnas de opinión en este diario, Pedro Acedo Penco, hábil tal cual es tras su dilatada carrera política me adelanta, por la derecha, y lejos de sorprenderme confirma lo que ya sabía: son de otra raza, son políticos en estado puro.
A los que pilotaron el milagro político de la Transición me refiero, duros y correosos en la arena pública, a continuación, elegantes y caballeros apenas abandonan el anfiteatro romano, como gladiadores emeritenses que son, en contraposición a esta pléyade de mercenarios que ni en los Tercios de Flandes por un real de a ocho de plata del Potosí.
¡A Ibarra, ni mentarlo!

(Real de a ocho: universal moneda española acuñada por la monarquía católica después de la reforma monetaria de 1497, también denominada dólar español o Carolus).












