Me parece oportuno, comenzar este artículo, con una frase que sin duda alguna exalta el carácter humanista del economista Schumacher, frase que sin duda deja en disposición los cauces que pudieran entreverse en el contenido del mismo: «En el momento presente hay muy pocas dudas de que toda la humanidad está en peligro mortal, no porque carecemos de conocimientos científicos y tecnológicos, sino porque tendemos a usarlos destructivamente, sin sabiduría». Con esta frase cuasi estrepitosa el economista expone la idea acerca del uso y el abuso de la tecnología moderna y de cómo en ocasiones los conocimientos en sí mismos se pueden utilizar para un mayor bien de la humanidad, para liberarla de la ignorancia, la injusticia, la esclavitud, la violencia, etc., o bien para controlarla, incluso someterla, llegando a una deshumanización social de la que hablan tantos autores.
En el mundo digital somos un número que proporciona muchos datos. Esto puede ser muy peligroso si quienes poseen estos datos es un grupo selectivo de personas, ya que no solo pueden predecir dónde estamos, qué hacemos, qué nos gusta, qué pensamos, entre muchas otras cosas. Sino que pueden deshumanizar al ser humano, centralizar el poder y construir sociedades en las que sea más importante ser aceptado digitalmente, que socializar con el vecino. En ese mundo digital somos capaces de juzgar al otro por la rapidez con la que contesta nuestros mensajes en WhatsApp, por el tipo de fotografías que comparte y su ‘identidad’ digital. Esta realidad nos debería cuestionar: ¿estamos creando sociedades digitales, sin personas?
Sin embargo, ante todo esto, sí que nos atrevemos a hablar de la adicción al alcohol, a la comida, al trabajo o a las drogas, pero poco o nada de la tecnología. Sin embargo, lo es. se llama tecnofilia , una condición en la que las personas dependen en forma excesiva del uso de la tecnología, a tal punto que no se pueden separar de ella. A pesar de esto, ni los gobiernos ni las empresas hablan y mucho menos toman acciones relacionadas a esta problemática.
Sé que nos enfrentamos a un dilema que no es nuevo, este nos acompaña desde que la humanidad abordó una reflexión acerca del uso de la técnica como una especie de sobre naturaleza que permitía operar sobre el mundo y transformarlo para su provecho material. Este dilema se ha visto agudizado en los últimos años a raíz del poder de cambio que, en términos económicos y sociales, ha propiciado la tecnología con el advenimiento del llamado capitalismo cognitivo a través de la economía de plataformas basada en los datos.
Con el uso excesivo de la tecnología generamos una huella digital sobre nosotros que engrosamos a diario. Es tan intensa y tan precisa que casi replica a la perfección quiénes somos. De hecho, quienes tengan las capacidades algorítmicas adecuadas para trabajar sobre ellas pueden saber lo que pensamos, lo que sentimos o lo que necesitamos cuando vivimos atrapados bajo la atmósfera de ansiedad y urgencia que por ejemplo nos acompañó en tiempo de pandemia.
Dentro de este mundo digital estamos modelando un dios tecnológico que recuerda a aquel otro que los griegos llamaron Argus Panoptes, una criatura vigilante repleta de ojos que registraba todo lo que veía. El resto de los dioses lo utilizaban para vigilarse los unos a los otros. Algo que hizo que el Olimpo se convirtiera en un régimen de policía moral muy parecido al descrito en la película La vida de los otros. Este Dios hace todo esto gobernando mediante algoritmos que controlan las grandes corporaciones tecnológicas mientras su cuenta de resultados crece hasta alcanzar cifras astronómicas.
En el actual mundo tecnológico no podemos distinguir entre la mentira y la verdad, y mientras esto ocurre se desmorona el fundamento epistemológico y moral que está detrás de la democracia, pues, como explicaba Jefferson, ésta sólo puede basarse en el supuesto de que un ser humano «puede ser gobernado por la razón y la verdad». Algo que requiere que los gobiernos garanticen que las puertas queden abiertas siempre a ellas, pues, «abrir las puertas de la verdad y fortalecer el hábito de someterlo todo a la prueba de la razón son las mejores esposas que podemos colocar en las manos de nuestros sucesores para evitar que ellos esposen a la gente con su propio consentimiento».
Resulta inmediato que empezar a definir el humanismo tecnológico, fundamentado en la defensa, tanto para el diseño como para la praxis tecnológica, de un horizonte ético fundado en la dignidad humana, en su centralidad axiológica y en la posesión de unos derechos fundamentales que preserven aquella. En este humanismo tecnológico se debe garantizar legal y políticamente el control humano de esa evolución y elección, y subordinarlo a principios éticos que hagan reconocible la dignidad de la persona como centro de su diseño, es el propósito que anima al humanismo tecnológico a la hora de contribuir a la narrativa que defina el ciber mundo, parafraseando a Virilio, como el gobierno de lo mejor para el ser humano.
Necesitamos urgentemente un pacto entre la técnica y el hombre basado en la creación y los límites. Un pacto que busque la armonía y no la utilidad. Un pacto que se funde en una nueva metafísica que dé sentido a esa voluntad de acción que es inevitable, pues, como vimos en contacto con la experiencia digital de la pandemia, nuestro estar en el mundo gracias a la técnica provoca, también, una revolución ontológica de nuestra identidad que debemos gobernar desde un nuevo humanismo.












