Aunque no tienen nada que ver, algunos de los párrafos de la gran novela “Sobre los huesos de los muertos” de Olga Tokarczuk (traducida del polaco por Abel Murcia), me recuerdan a los cuentos de Kjell Askildsen (los cinco libros suyos que leí los tradujeron del noruego, Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo), los dos, con cuarenta y tantos años se ponen en la piel de ancianos. Y con tal pericia que es difícil imaginar cómo lo hacen. Será que ahí está el margen entre el talento y la genialidad.
De Olga Tokarczuk solo he leído dos libros, primero “Los errantes” que me pareció un caleidoscopio (a saber qué significa esta palabra) extraño a la par que fascinante, pero que no es de los que aconsejaría. Sin embargo, “Sobre los huesos de los muertos” sí, a pesar de que cuando la protagonista se pone a hablar de astrología o cuando se vuelve loca defendiendo animales, baja el ritmo.
En esta novela, “salpimentada” con trozos de poemas de William Blake (otra rareza), la protagonista cuenta cómo vive su jubilación y lo que ocurre en un pueblo polaco fronterizo con Chequia.
Solo el inicio avisa un poco sobre las perlas que uno va a encontrar dentro. Dice así: “He llegado a una edad y a un estado en que cada noche antes de acostarme debería lavarme los pies y arreglarme a conciencia por si tuviera que venir a buscarme la ambulancia”. Cosas de viejos.
Cuando leo suelo anotar frases, palabras o ideas que van surgiendo del texto sin que la historia pierda vida.
Aunque con las novelas no suelo hacerlo mucho, con esta no he podido parar de repescar asuntos, uno de ellos, la apoptosis.
En la página 59, la anciana (después de un puñado de páginas sabemos que, aunque ahora se dedica a cuidar las casas de los vecinos cuando no viven en ellas a causa de la nieve y a investigar asesinatos de cazadores furtivos, de joven fue ingeniera de caminos especialista en hacer puentes y luego maestra, que es lo que más le gustaba ser) habla de la apoptosis.
Dice que ahora -la historia transcurre a principios del siglo XXI- ya nadie tiene la capacidad de concebir visiones revolucionarias, no como cuando ella era joven, una época en la que había una gran predisposición a los cambios:
“Hoy ya nadie tiene el valor de imaginar nada nuevo. Se habla sin cesar de cómo son las cosas y se retoman ideas antiguas. La realidad ha envejecido (…). Sus más mínimos componentes, los significados, sufren el mismo tipo de apoptosis que las células del cuerpo. La apoptosis es la muerte natural provocada por el cansancio y el agotamiento de la materia. En griego la palabra significa caída de pétalos. Al mundo se le han caído los pétalos”.
Científicamente, la apoptosis retira las células durante el desarrollo, elimina las células infectadas de virus y las potencialmente cancerosas, y mantiene el equilibrio en el organismo. Diríamos que es lo que mantiene el equilibrio vital y social, lo que hace que la gente nazca y muera.
Entiendo que lo que quiere decir la protagonista de la novela de Olga Tokarczuk es que la realidad (¿arriesgo mucho si digo que se refiere al capitalismo?) ha envejecido, cansada y agotada, sin ideas y que algo está ocurriendo.
Pero es solo un párrafo de una novela y yo un lector ambicioso al que le gusta leer y aprender de lo que otros leen, de aquí que aproveche cualquier resquicio, la mínima frase o palabra encontrada para instruirme, intentando aparcar mi propia apoptosis mental. Es lo bueno de leer.
Nota al margen: no he escrito de estos escritores por tener apellidos raros, a Tokarczuk la “conocí” cuando en 2019 le concedieron el premio Nobel de Literatura de 2018 y a Askildsen -fallecido en septiembre de 2021 y del que escribiré más extensamente en otro momento- le hubiera dado el premio Nobel antes que a Bob Dylan, por ejemplo.












