Lo que somos es más tontos que nadie. Como decía José Mota: «Tonto, que eres tonto, del to´, no pa´ un rato, no, tonto del to´, pa´ siempre, tontoooo».
Si salimos a la calle, raro es (vamos, imposible) que no nos encontremos un cartel, algún anuncio, un rótulo que identifica un negocio, incluso anuncios en los laterales del autobús urbano, que no utilice al menos una palabra en inglés. Y hay lugares como en el centro comercial de la Heredad, en los que casi todos los establecimientos comerciales, tienen al menos un rótulo en inglés o incluso su denominación.
¿Qué nos está pasando? Hemos llegado a normalizar esta situación, hasta llegar al ridículo. Y es tan habitual, que esto, nos pasa desapercibido. Estoy comiendo ahora una tapita de :»Lomo embuchado» de: -AIRESANO FOODS S.L.» de ·La Puebla de Valverde (Teruel) España».

Yo creo a que los de Teruel, si no les ponen eso de «Foods» (alimentos) , no se enteran de que ese lomo 50% duroc, es para comer. ¿Y de beber? Pues lo acompaño con un vino BALANCINES, Crianza, GOLD.

Pero por si tiene dudas de qué contiene esa botella, que usted va a abrir, ya se lo explican RED WINE. Y es que, en Oliva de Mérida, de donde proviene, igual si no ponen lo de RED WINE, no se enteran de que es vino tinto. Pero a esta tapa, le falta el acompañamiento, del PAN, y qué más español que colocar en el plástico de la bolsa que contiene los bollitos, la figura de Cervantes o alguien similar, sosteniendo la pala, en la que hay una barra de pan, con pinta de ya cocido, y recién sacado del horno, y sobre él, el nombre que lo identifica, «El Molino,» y la imagen de un molino manchego. ¿Y qué puede haber más español, en este envase? Pues la clase de pan, en inglés, HOT DOG.

¿Y todo esto, es porque cada año, vienen a España 85 millones de turistas? Lo dudo, porque ¿todos son ingleses? Pues, no, de estos sólo el 20,27 % son ingleses. O sea que bien mirado, no es por la hospitalidad española, para que se sientan como en su casa, pero aún mejor, sino porque ¡somos tontos, » del to´, no pa´ un rato, no, tontos del to´, pa´ siempre»! Y digo yo, que como vienen también, alemanes, franceses… no vamos a poner las cosas en todos los idiomas, que es un lío, pues para que no se ofendan porque no lo pongamos en su idioma, para unificar, deberíamos ponerlo todo en español y que los que vengan hagan un esfuercito y lo aprendan, que es el segundo idioma (lo habla más gente que el inglés) que se habla en el mundo, y además de hacerles un favor, nos olvidamos de la tontería del inglés.
Pero no creo que cambiemos, porque pienso, que esto de ponerles nombres a las cosas y decir frasecitas en otra lengua, es otra de las características del ADN español, porque somos más amables con los extraños que con los paisanos, y supuestamente también para favorecer el negocio, así es que, aunque yo diga lo que quiera, la peluquería del barrio seguirá poniendo que es LOW COST, porque si no, no se entera la señora Antonia, de que esta, es más barata que la del centro de la ciudad y además, queda más guay poner eso, que poner «precio bajo».
Porque esto de dar poca importancia a lo nuestro y de marginar al español, no es sólo cosa de ahora, ni de los independentistas catalanes, que lo persiguen, incluso atacando con todos los medios, sobre todo redes sociales, a los establecimientos que ponen indicaciones en español o a la camarera que se dirige al cliente en la lengua de todos los españoles, «Piden el despido de una camarera de Cuenca por hablar en castellano en TV3″, sin contar con el acoso a los hijos de los padres, que quieren que al menos el 25% de las asignaturas, que den en el colegio, sea en español. Y encima a todos estos integristas los subvencionan generosamente los del Gobierno catalán, como a la Plataforma per la Llengua, que ha recibido desde 2018 más de tres millones de euros en subvenciones públicas. Concretamente, 29 subvenciones que ascienden a los 3.321.191,53 euros. Más de la mitad se trata de subvenciones directas, «a dedo». Pero este desprecio a nuestra lengua, no es cosa de ahora.

El emeritense Juan Pablo Forner (S.XVIII) escribió: Las Exequias de la lengua castellana. Las Exequias son una ficción alegórica del género de La República Literaria o La derrota de los pedantes. El relato de las «Exequias» nos cuenta, que con ocasión de un viaje al Parnaso (Monte sagrado dedicado a Apolo y las Musas) el autor traba contacto con diversos personajes, escritores famosos los más, y recorren casi todo el campo de nuestra literatura, emitiendo juicios sobre los clásicos y repetidas ironías, contra los modernos, defiende con pasión las glorias pasadas y la emprende implacablemente contra los corruptores de la lengua, a la que estima ya en trance de muerte entre «DESATINADOS GALICISTAS y dómines pedantes».

O sea, que en aquella época, era el francés de lo que hacían gala, «los modernos», con palabrejas en dicho idioma. Y aunque ya nadie se acuerde de ello, de esa época nos han quedado, en español, muchísimas palabras muy habituales en nuestra conversación como: » boutique, brigadier, canapé, claque, cliché, cisne, complot, consomé, croquis, chalet, chic, deleitar, dossier, fantoche, flan, frac, gigoló, hangar, jardín, macramé, parche, pastiche, pelota, peluche, ping-pong, piqué, pompón, pose, pupitre, rapé, rondel, sofá, tarot, timbre…» y muchísimas más.
Pero la tontuna del inglés no es reciente, ésta ya apuntaba a principios del S. XX.
Se cuenta que en una conferencia Miguel de Unamuno mencionó a William Shakespeare pronunciando el apellido en español. Y se molestó, cuando un oyente le corrigió: «Eso no se dice exactamente así, caballero». Tanto, que continuó en un perfecto, inglés británico, incomprensible para posiblemente todos y supongo que también para el pedante corrector.
Bueno, pues dicho lo cual, sólo me queda añadir una palabra
«END».












