Es la nuestra una sociedad acomodaticia y abocada, de manera rápida y peligrosa, como mínimo, hacia uno de los siete pecados capitales de la doctrina cristiana: la pereza. De evidentes repercusiones en el gremio del comercio, antes considerados como honrados tenderos y en la actualidad tachados de especuladores sin escrúpulos (ironía), en desigual competencia con las empresas extranjeras e intermediarias de telefónicos pedidos a domicilio.
La multinacional arrasando con un ejército de jóvenes veloces, desafiantes de las normas de tráfico. Caballería mecanizada, a lomos de furgonetas cerradas, opacas, tal cual es su boyante negocio intermediario y carente de riesgos. Corceles tordos oscuros, herrados a fuego y prisa, con su logotipo azul en los laterales de la generosa grupa.
Por su parte el sector del comercio local minorista luchando por sobrevivir, en épocas de pretéritas rebajas, adaptándose a los tiempos. Primando la proximidad, el consejo y el servicio al precio. Por similar o en ocasiones, incluso, por el mismo producto de manufactura y procedencia china.
Puestos a facilitar al máximo al ciudadano, toca ahora el turno a los funcionarios, quienes inmersos en batallas políticas, han descubierto que, gracias al teletrabajo implantado de manera más que satisfactoria durante la pandemia, la mayor parte de su trabajo es mera burocracia. (Según fuentes oficiales, se estima que más del 40% en el sector de la Sanidad Pública).
Es por ello que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, algún o alguna ocurrente ha decidido elevar el “globo sonda” del palabro de moda: “autobajas”. Glosando las bondades de no trabajar y el ahorro que ello conlleva. ¡Lo que nos faltaba!
En un mundo ideal, donde la Paz, la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad venzan los conflictos e intereses particulares, sería posible. Si las personas fuésemos, todas, semejantes en razonamientos e inteligencia, tal vez.
Pero defender que, en la España del recién iniciado año 2024, cada cual decida si está en condiciones o no de asistir al trabajo es una utopía.
Tan sólo se puede entender si el precursor de tal majadería es empleado por cuenta ajena y preferentemente con nómina del Estado. De otro modo esto no se lo cree ni quien lo defiende, con la socorrida excusa de que ya está implantado en otras naciones.
Imposible en nuestro país, donde superamos los dos millones setecientos mil demandantes de empleo, al tiempo que superamos en más del doble el número de inmigrantes que han venido a España a trabajar. Demandantes de empleo frente a empresarios sin posibilidad de completar sus plantillas por falta de interés político y de mano de obra cualificada o dispuesta.
Eso sí, que las bajas se las dé cada cual, íntimamente, “ad libitum” y el coste lo soporten los autónomos y pequeños empresarios con sus cuotas a la Seguridad Social y el pago de los sueldos o jornales. Ahora, además, que paguen las presuntas y dudosas, por reiterativas, enfermedades de los lunes, tras particular o experto autodiagnóstico y autogestión.
¡Ocurrencias! Caso de aprobarse éste tremendo disparate, el coste debería asumirse por quien lo propone, de su bolsillo, o en su defecto por la totalidad de la población española y no por un pequeño grupo de emprendedores, sufridores como pocos, al borde del estrés patológico y, estos sí, necesitados de diagnóstico facultativo.












