El día 11 de febrero leía en un periódico de tirada nacional: «Muere María Isabel Mijares, la primera enóloga de España». Y temí que esta noticia, no tuviera la cobertura que se merecía, en la prensa de Extremadura, e incluso nacional, pero gracias a Dios, me equivoqué.
Quizás, porque esta mujer supo conseguir un sitio, preeminente y hacerse querer por todos los lugares, y el mundo eminentemente masculino, en el que desarrolló su labor.
«La sociedad extremeña acoge con pesar la noticia de su muerte. Era una mujer excepcional y la que más sabía de vinos de nuestro país. Gozaba de un gran aprecio entre sus compañeros y entre las personas con las que trataba”, escribía Alberto Manzano Cortés, el autor del artículo. Ya sólo queda preguntar ¿Para cuando una calle en su ciudad, que recuerde su memoria ?
Y recordando a Gonzalo de Berceo:
«Quiero fer una prosa en román paladino,
en la cual suele el pueblo fablar a su vecino;
ca no so tan letrado por fer otro latino.
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.»
Es evidente que el mundo del vino ha evolucionado enormemente en los últimos cincuenta años, sobre todo en Extremadura.
Cuando llegué a Mérida, hace unos cincuenta años, era raro que las bodegas embotellaran sus vinos. Lo tradicional era el vino de pitarra, un vino sin apenas elaboración, pero que no podía conservarse durante mucho tiempo y tenía que beberse pronto porque se estropeaba. La famosa frase de: «dársela con queso » tiene su origen en lo que se hacía hace siglos, y era una triquiñuela para engañar al comprador, porque el vino se conservaba mal, si no se cuidaba adecuadamente, y el bodeguero, cuando le iban a comprar su vino, les daba, para acompañarlo, queso, para que su sabor difuminara el del vino, ya que podía ser. que estuviera algo «picado».

Durante muchos años, que yo recuerde, a la entrada de Almendralejo, viniendo desde Mérida, había unos grandes edificios, que mostraban unos rótulos indicando, que eran bodegas de una gran empresa vinícola, no extremeña, lo que indicaba que la producción se llevaba a otras partes, no se embotellaba aquí.
En aquellas fechas y tras mucho preguntar, encontré en Medellín, una embotelladora, en la que sí lo hacían, bajo la marca Moctezuma, y compré una caja, para probarlo, y tras hacerlo, siempre pensé que el emperador mejicano, que tuvo sus más y sus menos, con el medellinense Hernán Cortés, no les debía de caer muy bien a los de la bodega, y por eso le colocaron su nombre.
Poco a poco, el mundo del vino ha ido evolucionando, convirtiéndose no sólo en un elemento agradable, que acompaña una buena comida, y compañía. sino también, en un reflejo de la imaginación y creatividad de los bodegueros, que los comercializan, y que suelen poner unas denominaciones, en las botellas, que van desde lo histórico, conmemorativo, o simplemente humorístico. Todo un mundo, con el trasfondo de un vino al que se suele describir, casi siempre con unos párrafos, que me recuerdan el corta y pega, y que si alguien demostrara su autoría original, se iba a forrar, porque prácticamente son los mismos en todas las marcas. «Un blanco que ha pasado por barrica y, por tanto, tiene cuerpo y resulta meloso y grato en boca. En nariz hay vainilla y las notas tostaditas de la madera.» o «La variedad es sorprendentemente afrutada: pétalos de rosa, lichis, especias…

En boca sigue mostrándose muy afrutado y delicadamente dulce.» Pero también : «Exhibe notas de su larga crianza en barrica y en botella, con especias como el clavo, la pimienta, recuerdos al cedro de las cajas de cigarros, a grafito, a lápiz y a vainilla. En la boca es terciopelo y resulta muy, muy largo.» Eso sí, en algunos rematan el comentario de esta manera: «Una gran botella para tomar con todo tipo de carnes». Y una etiqueta: 75,85 Euros» . Por lo que, a este recital poético, yo añadiría, «precio, algo amargo, que deja una sensación que recuerda épocas infantiles, en las que te querían convencer que los reyes magos existían».
Cada uno tiene sus manías y una, de tantas, mías es guardar vinos que me han llamado la atención. Algunos amigos y familiares, sabiéndolo, me han regalado algunos raros, como una botella que lleva interiormente polvo de oro ( o que lo parece), o con unos nombres curiosos o conmemorativos, y que suelo guardar. Algunos a pesar de que tras tantos años ya serán imbebibles, los he conservado. El más antiguo, es una botella «garrafeira de 1954». Ya tiene por lo tanto 70 años, es de Borba y lleva un nombre cargado de historia. «Montes Claros», en donde se produjo durante la guerra con Portugal, la terrible derrota española en la batalla de ese nombre , un 17 de junio de 1665, cerca de Vila Viçosa. En ella estaba de capellán de uno de los tercios de Castilla, el emeritense Cristóbal de Santa Catalina. Tras la derrota española, que llevaría a la independencia de Portugal, los soldados españoles, iniciaron la retirada acosados por los portugueses, que atacaron al grupo donde estaba él, degollando a algunos y haciendo prisioneros a la mayoría.

Pero hay botellas, con una denominación llamativa, como la del «Vino Nacional» dedicada a Francisco Franco, que parece que ha tenido vida propia, porque aún estando tapada, ha ido perdiendo el vino que había en su interior, quedando al final un pequeño residuo pero en malas condiciones. O la que lleva de etiqueta «Trajano», con la imagen de un grabado de Laborde de 1808 y una frase: ADAGIO ROMANO » Vino vendibili suspensa hedera nihil opus» que allí traducen como ( El buen vino no ha menester pregonero). Pero una traducción literal ( para algo me hicieron estudiar latín en mi Bachillerato, de lo cual me alegro) sería: «el vino vendible, no necesita la ayuda de una hiedra colgante». Y es que una vieja y antiquísima costumbre era, que en los establecimientos en los que se vendía vino, se colocaba, sobre las puertas de las casas un ramo de hiedra, que avisaba a los transeúntes que pasaban, que allí, se vendía vino, dando a entender esta frase, que el buen vino, se vende solo, no necesita publicidad. La botella, todavía mantiene la pegatina que marcaba su precio 99 pts. Y era de la Bodega de Dolores Morenas Carrasco de los Santos de Maimona.
En Israel compré varias botellas de » Vino de Caná de Galilea», y por el precio y el relato del Evangelio, convirtiendo Jesucristo, en una boda, el agua en vino. La pegatina de la botella, ponía un cuadro clásico, representando la escena. Pensé que sería un gran vino, pues no, parecía agua edulcorada coloreada, y es que los de la boda de Caná se debieron de beber todo el vino bueno y ya no quedó para el resto de los mortales.

Una de las botellas, que conservo, lleva la denominación e imagen de: «El Lepero», que nos trae a la mente a aquel personaje, que fue rey de Inglaterra por un día, cosa que aprovechó bien. Juan de Lepe era un marinero, de Lepe, que le cayó bien al Rey de Inglaterra Enrique VII, convirtiéndolo en favorito y con el que compartía comidas e incluso partidas de cartas, en una de ellas, se jugó el ser rey de Inglaterra por un día, y ganó. Ese día montó una gran fiesta y aprovechó para poner a su nombre ciertas propiedades, que luego corroboró el rey. Muerto Enrique VII, se volvió ya rico a Lepe. No sé como sonarían los chistes de «Lepe» en inglés que le contara, pero supo sacarles partido Y es que hay botellas dedicadas a todo, en las que el buen humor, se destapa, y la imaginación corre, seguramente espoleada por el vino recién bebido, como; «Con un par» «Muy mucho» «Enojado» y acompaña al nombre una nota «Bebamos la copa de la Paz». La lista de vinos con denominaciones ocurrentes, conmemorativas o simbólicas, es muy larga, como: «Orgullo» o «Tormo,» ese enorme peñasco de la Ciudad Encantada, que hace equilibrios sobre una estrecha base y sobre el que, según la leyenda, sus seguidores quemaron el cadáver de Viriato tras ser asesinado por sus tres capitanes, Audax Ditalco y Minuro.

Me llamó la atención, una de vino tinto de Toro, que lleva el nombre de «La enfermera» y lo hizo, porque la representación no era la de una «enfermera» tal como estamos acostumbrados a verla, sino el de una reina. Y es que tras este nombre, se oculta una curiosa historia. En 1476, se produjo la batalla de Toro, contra Alfonso V de Portugal. Es evidente que hubo muchos soldados heridos, por lo que, tras ella, Isabel la Católica, hizo poner tiendas para atenderlos y ordenó que se repartiera buen vino para confortarlos. Ni que decir tiene, que ese «medicamento» les subió las ganas de vivir. Por lo que los soldados heridos, la denominaron «La enfermera».
Pero entre todos, uno de los que más gracia me hacen son los: WINE LOVERS, vino de la tierra de Castilla, pero que ha dedicado, según la familia de uva, con la que se hace el vino, a un tipo de los «lovers». Como el «Macho Ibérico» al que describe de esta manera: «Pata negra. Ibérico. De pura raza. Maestro en el arte de la seducción. Alumno de la vida. Amigo del palillo. Enemigo de la depilación» y sigue: «Wine Lovers, la singularidad siempre es seductora».

Ya se ha pasado la moda de los sumillers, en los restaurantes, pero siempre me ha quedado la sensación de que se repetía lo de «dar con queso» sustituido este, por un «sumiller » que llevaba colgada del cuello un pequeño recipiente plateado, sobre el que vertía un poco del vino, que nos había aconsejado y tras hacer el paripé de olerlo y saborearlo, daba su aprobación, y llegué a esta conclusión, porque las varias veces, en Portugal y Madrid, el vino que tan ceremoniosamente nos recomendaba, dejaba bastante que desear, menos mal, que las comidas eran de empresa y no pagué yo.

Y es que tras este mundo del vino, hay mucho postureo, y vinos muy caros por el nombre, mientras otros mucho más baratos y casi desconocidos, tienen «en boca, un sabor carnoso con taninos redondos y un final goloso y muy largo»
Algo así, como espero, que haya sido para los lectores de este artículo, y que en mente tenga «un sabor carnoso y un final goloso»
¡Que aproveche!












