En pleno mes de julio, después de hacer como si dormíamos tirados en una manta en el pasillo que era el lugar más fresco de la casa, en cuanto podíamos salíamos mis hermanos y yo pitando a la calle.
Al rato, o eso nos parecía a nosotros aunque lleváramos tres horas jugando en la calle, nos llamaba mi madre para darnos de merendar un trozo de pan con chocolate o un bocadillo de mortadela con aceitunas.
Como llegábamos sudando, sulfurados y con los mofletes al rojo vivo después de haber corrido, saltado, brincado y rebotado por las aceras y paredes, sin ver el peligro de nuestra empedrada calle Duque de Salas, al vernos llegar corriendo a por un vaso Duralex y llenarlo de agua del grifo, mi madre siempre nos decía: “Venís colorados como un bejino”.
A mí eso de bejino me sonaba a una mezcla de vecino y viejito. Como si mi madre nos comparara con un vecino borrachín que estaba siempre coloradote y que tenía una mujer grande, hermosa, lustrosa y sana como un pero (decía mi madre).
Pero resulta que no, que bejino, la palabra bejino, según leo en un blog llamado “aquisediceasi.blogspot.com”, viene de un hongo “de color rojo encendido de forma esférica que se cría en los jarales y breñiles de Extremadura”. Palabra que a su vez viene del latín vulgar “vissinus” que significa “ventosidad” por lo que al hongo rojo y redondo llamado bejino también se le conoce como “pedo de lobo”.
Qué bonito es saber que las palabras tienen un comienzo y un destino, adónde van y de dónde vienen. Ya sé que bejino procede de un hongo y no de un “viejino” borrachín y que la expresión “vienes colorado como un bejino” se puede reciclar y reutilizar como “Vienes cobrizo como pedo de lobo”.
Por Manitú, de lo que puede llegar a enterarse uno. Eso sí, el vaso de agua grande (el que era grande era el vaso, no el agua) y el pan con chocolate, caía a la misma velocidad a la que jugábamos cual kamikaces en la calle. La mortadela con aceitunas nos costaba bastante más tragarla. No nos entraba ni aunque hiciéramos amago de quitar los redondeles de aceituna que salpicaban el par de escuchimizadas y rosadas lonchas de mortadela con aceituna inventada por alguien que se aburría porque no salía a la calle a correr como loco, para luego poder llegar a casa a que su madre le dijera que estaba colorado como un bejino. Como un bejino.
Fin.












