“Tami” y “María la Extremeña”, como les gusta ser llamadas, mujeres bellas y de tronío. Artistas ambas de las bellas artes, no de las siete clásicas, no, sino de la octava. Pues arte debería ser considerada la publicidad, marketing o mercadotecnia.
Las siete disciplinas artísticas históricas: la pintura, la escultura, la literatura, la danza, la música, la arquitectura y el cine, participan, a mí parecer, en mayor o menor medida de la que hoy propongo como octava: la mercadotecnia.

Bien es cierto que en dura pugna con las otras cuatro aspirantes: la radio, la televisión, la fotografía y el cómic. Harían falta los mejores expertos, catedráticos en bellas artes y los mayores avances en “foto finish” para poder discernir cuál de las cinco competidoras aventaja a las demás.
No obstante, reivindico para la candidata propuesta el puesto en liza, con la precisión que, en caso de ser necesario, puede dilucidar la vencedora, aunque sólo sea por ser el compendio de la cuadriga restante.
Entiendo la mercadotecnia como la disciplina artística que tiene como objeto la divulgación de noticias o anuncios de carácter comercial para atraer posibles espectadores o acólitos, empleando para ello a los medios de comunicación, para divulgar o extender aquello que interesa vender.
Tendrán que reconocerme que, tanto Tamara como María, son expertas publicitarias, alumnas aventajadas en el difícil arte de la recién propuesta y por mí elevada a octava de las bellas artes. Aunque para ello hayan de emplearse al máximo y retorcer hasta el infinito sus principios éticos y morales, de los que ambas alardean sin pudor. Lo importante es cumplir con sus objetivos, lo fundamental es el fin, careciendo de importancia los medios.

Dónde quedó aquello de que: “Los buenos fines sólo pueden ser logrados usando medios adecuados. El fin no puede justificar los medios, por la sencilla y clara razón de que los medios empleados determinan la naturaleza de los fines obtenidos”.
Dónde su compromiso: “Me comprometo, claro que sí, no va a entrar en el Gobierno” y “no contemplo ningún pacto con Vox porque no tienen líder en la región”. Dónde su dignidad: “El camino más fácil hubiera sido ceder y ser presidenta a cualquier precio” y “ahora mismo no es el poder lo que está en juego, es la dignidad de esta tierra” o su soberbia y ansias de poder: “han antepuesto sus ansias de poder y esa soberbia al cambio”.
Finalmente, en qué momento se olvidó de la palabra dada en su lapidaria declaración: “Yo no puedo dejar entrar en el Gobierno a aquellos que niegan la violencia machista, a quienes usan el trazo gordo, a quienes están deshumanizando a los inmigrantes y a quienes despliegan una lona y tiran a una papelera la bandera LGTBI”.
El resumen lo bordó su compañero de partido, Juan Manuel Moreno Bonilla, quien a la pregunta del director de “El Mundo”, Joaquín Manso: “¿María Guardiola ha incumplido la palabra dada?” respondió sin rubor: “María ha tenido que tragarse sus palabras” afirmó y se quedó tan fresco, tan “aireado” que se dice en Salamanca.
Para cerrar la discusión y haciéndole flaco favor, el líder de su partido, emulando a sir Winston Churchill, ni corto ni perezoso le espetó: “En tiempos en los que la palabra de una política no vale nada, yo reivindico la política de la palabra. Sin palabra no hay política”.
Por su parte, Tamara, actriz entre seria y nerviosa, con el “photocall” de “Kronoshomes” a su espalda, también afirmó rotundamente: “Que sepas que me da igual que hayan sido seis segundos o un nanosegundo en el metaverso”.
Fueron sus primeras declaraciones ante la prensa tras la supuesta ruptura con el infiel Íñigo Onieva. La marquesa declaró entonces, tirando de su fe, que: “Gracias a Dios todo lo ocurrido ha pasado por algo”. Más bien, añado, ha pasado para algo, para hacer caja que seguro es de lo que se trata.
Pues ese y no otro es el objetivo final de ambas celebridades. Tamara, la Indignada, y María, la Compungida.

Como excusa Dios y como único objetivo en la vida el dinero. Con la octava de las bellas artes como herramienta y aunque, paradójicamente, para ello haya que faltar al octavo mandamiento de la Ley de Dios. Perjurando, falseando la verdad, dando falso testimonio y lo que sea menester. ¡Amén!












