Este alcalde que sufrimos por decisión de las urnas desde hace casi trece años, o es un cachondo o es un sinvergüenza; puede que no sea ni lo uno ni lo otro, pero sí un desvergonzado al que le gusta ejercer el poder con mano dura y sentarse en el trono del Salón Municipal de Plenos y reírse de la oposición. Ya analizamos en un editorial anterior que Fernando Pizarro García-Polo era un hedonista, que buscaba el placer efímero sin calcular sus consecuencias. Es lo que debe sentir cada vez que se dirige a la portavoz de Podemos, Mavi Mata, a la que trató de ridiculizar en el último pleno a cuentas del famoso vídeo del Gato con Jotas sobre el Martes Mayor y que le ha costado al Ayuntamiento de Plasencia más de cuatro millones de pesetas.
Si Pizarro fuera un cachondo haría gracia, que la hace, y se reiría de sí mismo, pero esto último es mucho pedirle a un ser endiosado que es puro narcisismo. El alcalde de Plasencia se cree canciller de Alfonso VIII y piensa que todo el mundo debe rendirle pleitesía. Pero está muy equivocado. Es un pobre hombre que cuando se mira en el espejo, aparta la vista de su desnudez porque a él mismo le desagrada. Quizá por eso le haga tanta gracia el vídeo que se exhibió en Fitur del Gato con Jotas del Martes Mayor, porque es tan ridículo como su propia persona.
Lo que hizo el alcalde de Plasencia con la portavoz de Podemos en el último pleno es un acto de maltrato que debería ser investigado como tal. Esther Sánchez Tapia, alcaldesa de San Gil y concejala del PSOE de Plasencia, nos decía el lunes, en rueda de prensa, que ella no estaba «dispuesta a aguantar este maltrato», al tiempo que se solidarizaba con Mavi Mata. Si Fernando Pizarro García-Polo supiera lo que es la ironía o, mejor dicho, si el resto de todos nosotros entendiésemos que el alcalde sabe lo que es la ironía, su intervención en el pleno hubiese pasado por ser una simple anécdota. Pero no. Este alcalde no es irónico sino déspota y habla ex cátedra cada vez que se dirige a la oposición. Después, los grupos de la bancada perdedora de las elecciones dicen que no son invitados a los actos oficiales: ¿para qué? ¿Para bailarle el agua a un desvergonzado que no cumple las mínimas normas de cortesía y elegancia que se suponen a la primera autoridad de la cuarta ciudad de la región?
Poco a poco muchos placentinos irán comprendiendo que tienen a un alcalde déspota, sátrapa, cacique… y así seguiríamos el resto del editorial porque ¿qué es si no Pizarro, un pobre hombre que engaña a las masas con azulejos con nombres de calles, churros con chocolate, saraos varios, todo ello pagado con el dinero público?
Después, viene el ciudadano Miguel Coque y se queja de que el automóvil del alcalde está estacionado de forma irregular en el callejón de Clavero y que él aparca un minuto en la plaza de Telefónica y se lleva la multa o la reprimenda de los agentes de la Policía Local. Pero, ¿quién es el agente que da un paso al frente y estampa su firma en una multa en el coche azul del alcalde cuando lo pone donde le da la gana? Enrique Cenalmor, intendente de la Policía Local, sabe que lo tiene cogido por los oeufs, y por eso sigue en su puesto y ambos se tapan sus miserias hasta que algún día algún fiscal o juez valiente los ponga en su sitio.
Lo que hizo Fernando Pizarro García-Polo con Mavi Mata es, sencillamente, asqueroso. Es un intento de forzar la voluntad de la otra persona, valiéndose del poder que le confiere la Constitución. Menos mal que no ha sido presidente de la Junta de Extremadura (bien se lo calaron en Madrid), porque entonces no estarían los placentinos únicamente lamentándose de tener a este personaje como representante popular. Hubiese sido una hecatombe para el millón de extremeños. No sabe gobernar a cuarenta mil ciudadanos y quería ser presidente de un millón. Bien haría pidiendo disculpas, asumiendo que tuvo un mal día, pero es que ya son tantos…













El alcalde es un sátrapa. Nunca más alcaldes como el Sr. Pizarro exento de capacidades para el buen gobierno. Su aptitud es propia de su falta de liderazgo.