Hace años, volviendo a Mérida en tren, dio con sus huesos en el mismo vagón que yo un chaval de unos trece o catorce años. Iba acompañado de dos personas mayores que podrían ser sus padres o sus abuelos.
Nada más entrar por la puerta del compartimento se puso a hablar casi a voces o eso me pareció. No se dirigía a nadie en particular. Empezó a soltar una perorata (si yo hubiera sido leído y hubiera sabido la que me venía encima, la llamaría emulando a Gesualdo Bufalino, la “Perorata del apestado” o si a Miguel Sánchez-Ostiz, “Perorata del insensato”) insufrible.
Sin venir a cuento empezó a hablar -dirigiéndose al tendido y no porque hubiera nadie acostado- de los aminoácidos, de los oligoelementos, de fórmulas matemáticas que parecía inventar sobre la marcha, soltaba frases en latín y hasta habló de Descartes y Spinoza.
Si no hubiera sido un cansino y un pedante, diríase que el chaval -blancucio, gafón, pocohombro y desgañitado- tenía talento, era un genio o estaba estudiando para la EBAU. Lo que sí sé que demostró ser un maleducado.
En el atestado vagón -la mayoría de sus ocupantes parecían estudiantes que regresaban a casa desde Madrid o Cáceres para pasar el fin de semana-, quizás apocados por la edad o el cansancio, nadie le decía nada hasta que cuando el jovenzuelo de voz atiplada o aflautada -a elegir- dio comienzo a su tercera fastidiosa disertación (recuerdo que se puso a enumerar con detalle los árboles, malezas, yerbajos, yuyos y demás trabazones que se oteaban desde la ventana del chemin de fer -“camino de hierro” es como llaman en Francia a los ferrocarriles: para pedante el que va delante-) le dije con voz potente, seca y estropajosa:
– “¿Y a ti quién te ha preguntado?”.
Se hizo el silencio. Un expectante silencio que se podía cortar con un cuchillo (cuchillo fileteador Sankoku especial para carpaccio y lechugas deshuesadas).
El muchacho me miró asustado y con la sonrisa congelada en la boca (porque mientras hablaba, no lo dije antes, reía y se atusaba las gafas con el dedo del medio de la mano derecha, cada vez que se recolocaba las gafas de empollón, como las mías, parecía que nos hacía una peineta) (por cierto, ¿si te metes riendo en una frigorífico se te congela la sonrisa?) hasta que le dije con mi voz más recia y de barrio:
– “¿Qué pasa, tú es que no tienes más amigos o qué?”.
El muchacho se derrumbó en el asiento y no volvió a abrir la boca en todo el camino. Los que le acompañaban tampoco.
No suelo ser brusco, pero me molestó, no lo pedante que era el chaval que estaba claro que le faltaba un hervor metafísico (Baruchiano -por Spinoza- pero hervor) y lo hacía porque le reían las gracias y por lo listo que le habían dicho desde pequeño que era, lo que no soporté fue su falta de educación ¿O no se daba cuenta de lo que molestaba a todo el mundo con sus graznidos y frases grandilocuentes que no le interesaban a nadie?
Esto mismo me ocurre a mí cuando alguien en las redes sociales (Facebook mayormente) me dice que soy muy malo escribiendo o muy pesado, que resulto, insufrible, casposo, cargante, grávido a la par que ingrávido, indigesto, cansino, pedante, en definitiva, que mis textos son larguísimos y difíciles de digerir por repetitivos, aburridos y estomagantes (por ejemplo). Que me lo dicen aunque -por educación- no todo/s lo/s que debieran.
Se puede ser un Cansino (Assens) y un porculero (porculero: en algunas zonas castellanas de la Península Ibérica, persona que molesta con cosas sin sentido o sin importancia muy seguido, persona que no sabe cuando debe guardar silencio o persona que es muy insistente a pesar de saber que su insistencia no tiene sentido ni ayuda para nada) pero con educación.
Por eso es bueno que alguien te haga de vez en cuando las dos preguntas clave para la evolución educada del ser humano: “¿A ti quién te ha preguntado? y “¿Tú es que no tienes más amigos o qué?. O tres si perteneces a la nobleza o has leído a Raymond Carver: «¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?».
Fin












