Muerto. Cuando por la calle vieron ondear las capas de los trajes de los dos guardias civiles, las armas de fuego largas al hombro, las botas hoyando la tierra, sabían que había un muerto, que al pueblo no solo llegaban los ecos de los desastres de la guerra.
La de su tío Antonio, adonde se dirigían los guardias civiles, era la última casa del pueblo, la única con una piedra haciendo de escalón, con las traseras rozando el camino de la charca.
Inocencia, de veinte y dos años vivía con un hijo de dieciocho meses en la casa de tío Antonio. Su vida se resumía en esperar. Esperar a que su marido volviera vivo de la guerra. Sin la espera no era nada.
Los guardias civiles, acostumbrados a la resistencia al asedio de las fuerzas gubernamentales, no sabían explicar los muertos. No los de los hombres del pueblo. Aunque fueran del otro bando. Dijeron. Un muerto. La luz apagada de la muerte.
Un disparo de los fusiles nacionales había entrado por un ojo del caballo que montaba el futuro muerto. Al caer los dos, el caballo le coceó la sien y la nuca. Y los ojos. Dijeron. En una llanura que con los años se convertiría en cuneta. Insistieron.
Los guardias saludaron, voltearon sus capas y marcharon con viento fúnebre dejando su funesto lastre en la casa del tío Antonio, la del escalón de piedra, donde vivía, pero ya menos, Inocencia, de veinte y dos años.
Con los días, en el pueblo nadie habló del muerto de la viuda de veintidós años y un hijo de dieciocho meses. El hijo fue luego, mi padre.
En abril de ese año 1938, en plena Guerra Civil, Francisco Franco firmó un decreto por el que se reconocía el derecho a cobrar pensiones extraordinarias a las viudas de la guerra y a sus huérfanos, así como a los padres de los militares sublevados muertos en cautiverio.
Inocencia de veinte y dos años jamás cobró pensión alguna. No todas las viudas de guerra eran iguales.












