Leo en uno de los capítulos más divertidos del libro “Superficiales” de Nicholas Carr que Aristóteles hace dos mil trescientos años dijo que la función del cerebro era impedir que el cuerpo se recalentara.
Parece ser que en el pecho había un fuego interior que subía al cerebro (compuesto de tierra y agua) que conseguía que la sangre se enfriara y bajara a la temperatura ideal para el resto del cuerpo.
Aristóteles, que era un afamado filósofo de la ciencia, la biología, la fisiología y muchas más materias, no tenía ni idea de para qué servía el cerebro. También es cierto que en aquellos años (trescientos y pico antes de Cristo) como los cerebros estaban (y están) recubiertos de huesos era muy difícil su estudio.
Y es que el cerebro ni se movía como el estómago, ni se expandía, replegaba y pitaba como los pulmones, ni sonaba como el corazón, ni era sensible como la planta del pie y ni siquiera se dejaba tocar sin ser dañado.
El cerebro humano siempre ha sido un misterio. Ahora ya, gracias a la ciencia, los avances, los ordenadores (la famosa IA) y la curiosidad y persistencia de científicos, neurólogos y demás estudiosos de la materia, vamos sabiendo (hasta un tipo de pueblo, oficinista sin muchos estudios como yo, para más señas, puede llegar intentar comprender las funciones de las conexiones neuronales y eso es un avance) y conociendo.
A lo largo de los siglos lo que más ha interesado al ser humano curioso es el cerebro. Estudiando la materia gris de muchos animales muertos se ha conseguido ir dejando en ridículo a un filósofo tras otro, que es la mejor manera de evolucionar aunque al final más de uno llegue a la conclusión que genéticamente nuestro cerebro no ha variado mucho en cuarenta mil años (así, a ojo).
También resulta divertido leer (para mí) que según Descartes el cerebro era una especie de fuente o surtidor, pero no de agua sino de sangre y que las venas y arterias eran tuberías (tu verás o tu verías…) o de los nervios, no sabría decir bien, que expandían esta sangre por todo el cuerpo.
Descartes estaba casi tan perdido como yo en estas materias (cosmología mecanicista se llaman esos asuntos).
Actualmente, gracias a estudios prácticos realizados con microscopios, escáneres, sensores y ordenadores (¿la mecánica cuántica pinta aquí algo?) se han ido descartando una tras otra las fantasiosas ocurrencias que intentaban esconder lo ignorantes que somos o hemos sido en cuanto al cerebro se refiere.
Con los años se ha conocido la plasticidad del cerebro humano, cómo madura, cómo se puede manipular sin que nos demos cuenta, cómo influye en nuestras decisiones y así sucesivamente. Y es que en el kilo y medio más o menos que pesa un cerebro están todos los procesos mentales imaginados y por imaginar.
El ojo no es el que ve o mejor dicho no es el que reconoce, el que “distingue” es el cerebro, el ojo es el instrumento físico que utiliza el cuerpo humano para reconocer lo que previamente le hemos dicho al cerebro qué es una silla o una mesa o un avión. Ocurre igual con los demás órganos de los sentidos (oídos, nariz, lengua y piel).
Ya sé que todo esto esto es sabido, pero también las ideas (a quién votamos y por qué), los conocimientos (por qué preferimos a Belén Esteban antes que a Noam Chomsky), las ilusiones (mejor un Barsa-Real Madrid que La Traviata de Verdi), los miedos irracionales (los ruidos, la noche, la religión…) y -aunque exista un componente genético y social-, todo sale o está de nuestro cerebro.
Y no en internet. ¿O sí?
Por eso me pregunto, con Nicholas Carr “¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?”, pues, está claro: que seamos cada vez más superficiales y utilicemos cada vez menos el cerebro.
Mejor que preguntárselo a Aristóteles, Descartes o a algunos de esos sabios de antaño, lo miramos en Google, buscamos un tutorial de Youtube, preguntamos a Alexa o que nos lo cuenten por Facebook, Instagram, Twiter, Wathsapp o TikTok.
Fin.












