De mayor me sorprendió lo distorsionado que estaba mucho de lo que para mí era intocable en la infancia. Pongo solo dos ejemplos.
-Cuando de mayor leí la novela de Jonathan Swift “Los viajes de Gulliver”, supe que habían sido cuatro los viajes de Gulliver y no dos: al país de los gigantes (una persona de estatura normal allí medía 22 metros) y al país de los enanos (liliputienses se llamaban, como una gran editorial extremeña de libros de poesía) pero Gulliver también estuvo en Laputa, un reino dedicado a la música, las matemáticas y la astronomía, que no sabían utilizar de modo práctico o en el país de los Yahoo (así se llama un buscador de internet) en donde quienes gobiernan son caballos que hablan, inteligentes y dónde las personas son sus esclavos.
-“Marco, de los Apeninos a los Andes”. Serie de dibujos animados basada en una novela de Edmondo D´Amicis titulada “Corazón”. Aunque este autor era “de izquierda social” y cuando falleció aún no había surgido el fascismo en Italia, Mussolini utilizó su novela para ensalzar la superioridad de la raza italiana afirmando que -como en la novela- un niño italiano de trece años (en la novela tenía 10) es capaz de todo para conseguir reunirse con su madre, incluso viajando él solo desde Italia hasta Argentina.
Con los cuentos de Perrault ocurre igual, al final nada es como nos contaron. Este es el primero de los ocho que lo hicieron famoso.
1.- “La bella durmiente” (o “La bella durmiente del bosque”) es el más largo de los ocho cuentos. Lo que recuerdo de este cuento es: de unos reyes nació una princesa a la cual tres hadas le otorgan unos dones: belleza, voz melodiosa y, cuando la tercera le va a conceder otro don (esto es puro Disney) una bruja malvada se presenta de pronto y, por no haber sido invitada a la fiesta, maldijo a la niña con un hechizo que consistía en que cuando la princesa cumpliera 16 años se pincharía un dedo con el huso de una rueca (hasta hace poco no supe qué eran un huso y una rueca) y moriría.
La tercera hada madrina concedió su deseo: la princesa despertaría cuando un príncipe azul la besara. La princesa huye al bosque con las hadas madrinas que esconden a la niña haciéndose pasar por sus tías. Pero, a pesar de que el rey dio la orden de que quemaran todos los husos y todas las ruecas del reino, al cumplir los 16 años, la princesa canta aquello de eres tú mi príncipe azul que yo soñé y se pincha. Luego el príncipe pelea con un dragón (que es el hada o la hada mala), vence, besa a la princesa y se casan. Moraleja: el amor todo lo puede.
El cuento real no tiene nada que ver con esto. La historia empieza con dos reyes que tienen problemas de fertilidad hasta que de pronto y sin saber cómo, tienen una niña. Entre los invitados al bautizo hay siete hadas madrinas que le conceden cada una un don. Luego aparece una vieja hada a la que creían muerta por lo que no había sido invitada. Enfadada, hace un hechizo por el que al cumplir 16 años, la princesa se pinchará con un huso y morirá.
El hada más joven consigue que la princesa a partir de los 16 años llegue hasta los cien años. Paraliza a todo el reino y lo esconde (al reino) en un tupido bosque. Pasan cien años y aparece un joven príncipe que se mete por entre los árboles. Encuentra a la princesa en la cama, la besa, se despierta y esa misma noche se casan. Y tienen dos hijos.
El padre del príncipe muere y él se convierte en rey. El príncipe que ya es rey, marcha a la guerra y su madre, que era una ogresa, decide comerse a la princesa y a los dos hijos de esta (es decir, a sus propios nietos).
La reina madre (de la familia de los ogros) le pide al cocinero que le prepare de cenar a la niña, después al niño y por último a la princesa. El cocinero no cumple con la orden de la reina-ogresa y los esconde. La mala se da cuenta y cuando va a matar a todos el príncipe (que ya era rey) llega de la guerra y la ogresa se suicida.
La moraleja de Perrault dice que está bien esperar un tiempo para tener marido, pero que cien años y “dormida”, es mucho, sobre todo sabiendo (estamos en el año 1600 y pico) las ganas que tienen las mujeres de casarse.
Esto es “la bella durmiente” de Perrault, no la que nos contaron (continuará…).












