Cuando llegó a mis manos el libro “Clandestina” de Marie Jalowicz Simon (Editoriales Periférica & Errata naturae, traducción de Ibon Zubiaur) pensé que ya estaba insensibilizado. Otra historia más de la Segunda Guerra Mundial.
Y me acordé de los muchos libros que he leído sobre esa masacre mundial. La trilogía “Si esto es un hombre” de Primo Levy, “Sin destino” de Imre Kerstez, “Trenes rigurosamente vigilados” de Bohumil Hrabal, “El pianista del gueto de Varsovia” de Wladyslaw Szpilman y tantos otros libros que cuentan (noveladamente o no) la guerra desde diferentes puntos de vista o en “El orden del día” de Eric Vuillard aparecen los nombres de los veinticuatro empresarios alemanes que “patrocinaron” al Tercer Reich para que Hitler ganara unas elecciones (Agfa, Allianz, BASF, Bayer, IG Farben, Krupp, Opel, Siemens, Telefunken), Alemania para que empezaran a masacrar a personas).
Hay otros libros como “Vida y destino” de Vasili Grossman o “Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt, que aún no me he atrevido a leerlos, pero lo haré.
En “Clandestina” la autora, judía de familia burguesa culta, pero no muy adinerada, cuenta que siendo joven, sobrevivió en el Berlín de 1940 a 1945 (el final de la guerra) camuflada y escondida cambiando de vivienda o subsistiendo desde que dejó su trabajo forzado en Siemens en dónde la habían obligado a trabajar los nazis por un mísero sueldo, humillada, ofendida, violada, pasando hambre, terror, pero ayudada y salvada por familias alemanas valientes, decentes, muchas veces a cambio de nada, otras, las menos, para tener el favor de una judía en el caso de que Alemania perdiera la guerra.
Sus amigos, familiares, conocidos que no pudieron emigrar a tiempo, fueron deportados y llevados a campos de concentración, donde los asesinaron.
Marie Jalowicz Simon insiste en el libro en lo duro que fue para su padre no haber podido darle otra vida a su hija, pero que todo eso -la guerra, la masacre, las injusticias, los robos, las violaciones- ocurrió porque los alemanes votaron a Hitler, a la extrema derecha, aclara, en unas elecciones.
A comienzos de 1940, los nazis habían empezado a reclutar a mujeres y hombres judíos para que realizaran trabajos forzados en la industria armamentística. A ella la llamaron para Siemens junto a otras doscientas chicas y mujeres judías. Trabajaban hacinadas, de pie, en un pasillo largo y oscuro, sin protección (algo ilegal en la época) en unos tornos, haciendo hora tras horas trabajos mecánicos “con las trabajadoras forzosas, los explotadores de Siemens podían ahorrarse el dinero hasta no comprando delantales de cuero para que nos protegiéramos”.
Marie Jalowicz Simon pudo soportar “clandestina” en Berlín todos esos años primero porque se quitó la humillante estrella amarilla que la identificada como “apestada” judía, porque era rubia de ojos claros y parecía alemana (era alemana) y también porque aún quedaban buenas personas en Alemania.
En un momento dado cuenta qué hacían los “vecinos” berlineses para taparse los oídos y no escuchar los gritos de terror que salían de los campos de barracones para prisioneros de guerra (“casi todos ucranianos”) que eran maltratados de la peor manera posible y trabajadores forzosas, “la mayoría de los vecinos preferían no enterarse de nada”
Al final del libro (transcrito por su hijo después de que su madre al final de su vida decidiera contar todo) aparece una frase que le gustaba mucho decir a Marie Jalowicz Simon casi desde la infancia: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”.
Palabras que la llevaron a repetir con rabia otras cuando ya en 1944 se veía que los nazis perderían la guerra: “Que los votantes de Hitler paguen las consecuencias”. Estaba en su derecho a decirlas.
Fin.












