A Asimov nunca le gustó que le dijeran que la película de 1966 “Viaje alucinante” estaba basada en una novela suya. No fue así. Los escritores Otto Klement y Jerome Bixby escribieron un cuento titulado “Fantastic voyage”.
El guionista Harry Kleiner convirtió el cuento en película y después, ese mismo guion de la película (dirigida por David Duncan), Isaac Asimov lo convirtió en novela.
Ante tal coyuntura, Asimov -autor de más de quinientos libros- veintitantos años después de ese libro, escribió su novela a la que tituló “Viaje alucinante II. Destino: cerebro”, que no es una continuación de “Viaje alucinante I” sino una versión diferente de la misma historia.
“Viaje alucinante II. Destino: cerebro”, es una fantasiosa novela publicada en inglés en 1987 que cuenta algo que ocurre en el siglo XXI.
La verdad es que hasta ahora, casi transcurrido un cuarto del siglo XXI, Asimov acertó más bien poco.
En su novela cuenta cómo se miniaturiza una especie de submarino de plástico transparente con cinco personas dentro, gracias a no sé qué manejos de la constante de Planck acoplada a la velocidad de la luz, que supongo escribió Asimov para darle un toque científica a una fantasía divertida.
La novela consiste en que unos soviéticos (todavía existía la URSS) debido a la famosa Guerra Fría, quieren llegar antes que los estadounidenses a todas partes (la luna, marte, el cerebro) por lo que secuestran a un desconocido y fracasado neurólogo norteamericano que es el único que les puede ayudar en su viaje alucinante al cerebro.
Cuatro soviéticos y el científico norteamericano son metidos dentro del submarino transparente y disminuidos de tal manera que entran en un cuerpo humano. Y no solo, sino que viajan a través de arterias, venas y capilares hasta conseguir entrar en el cerebro de una persona (que a su vez es un científico que sabe mucho, pero que está en coma).
Y no solo en el cerebro sino en una neurona siguiendo todo el recurrido que hace un impulso nervioso (el axón, las dendritas, ya tú sabes) después de pasar por la corriente sanguínea.
¿A que es alucinante el viaje?. No he visto la película del “Viaje alucinante I”, pero si está bien hecha, puede ser entretenida.
He buscado el cuento de Otto Klement y Jerome Bixby. Los primeros (que se sepa) a los que se les ocurrió “miniaturizar” personas y cosas hasta que cupieran hasta en una neurona. Eso ya lo hace ya internet (o están en ello).
Es lo que tiene la plasticidad de los cerebros aunque hasta la fecha, no se deje domesticar del todo. Un pesimista diría que “casi mejor porque en cuanto se tenga el mapa entero de cómo funciona el cerebro, lo convierten en, como dirían Los Chichos, amor de compra y venta.
La fantasiosa e imaginativa novela, es poco verosímil y casi se basa más en una lucha de poder entre los EEUU y la URSS, pero es entretenida y uno hasta puede disfrutar imaginando que viaja por un cerebro hasta llegar a introducirse (o no) en una gigantesca (para ellos, los miniaturizados) neurona.
Como curiosidad añado que a Ramón y Cajal, padre de la neurociencia y Premio Nobel de Medicina en 1906 por su teoría neuronal, le encantaba la ciencia ficción -Julio Verne, Mary Shelley, R.L. Stevenson, H.G. Wells, Jack London…- (además de la filosofía, el dibujo, la gimnasia, la lectura, la fotografía, el ajedrez, la astronomía, la arqueología y el hipnotismo).
Menos mal que no le hizo caso a su padre cuando le dijo que la lectura de novelas era algo pernicioso para la salud, además de una pérdida de tiempo. Seguro que a Asimov, a Klement, a Bixby, Kleiner, Duncan o Planck sus padres no les dijeron lo mismo. A saber.
Y es que el viaje más alucinante es leer. Te lo digo yo que una vez hasta casi consigo llegar al cerebro de una persona sin necesidad de que los soviéticos me miniaturizaran.
Fin












