Según reza en el itinerario del libro de ruta: “A apenas cuatro horas de avión desde el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas y en línea regular de Iberia”. Por mi parte añado: imprescindibles las zapatillas deportivas, tan de moda y necesarias, porque esto más que un aeropuerto es un desafío. Ríanse de los “Escape Room”, pasillos kilométricos en la T4 (terminal cuatro) salidas internacionales y múltiples letreros de colores, casi indescifrables para catetos y daltónicos.
Sigo pensando que el físico alemán Albert Einstein Koch tenía razón con su teoría y que esta manera tan nuestra de relacionar espacio-tiempo es inexacta, cuando no engañosa. ¡Cuatro horas desde el despegue al aterrizaje! Hay que sumar los retrasos y esperas impuestas, así como los malos tratos, molestias y zarandeos a los que de modo voluntario y oneroso nos exponemos. ¿En qué otro servicio quien cobra, ordena, fastidia, cachea y casi desnuda al cliente?
Desde que nos deja el autobús, en la dársena que a tal efecto se acaba de inaugurar, hasta que llegamos a la puerta de embarque hay cerca de dos kilómetros. Parada intermedia en facturación y pesaje, a punto de hacer uso de la báscula, porque ya puestos, también a los pasajeros deberían pesarnos y medirnos, para bonificar o penalizar la diferencia de peso y masa corporal, aunque bien pensado, mejor no doy ideas…
Pero, ya que de cronómetro va el artículo, una vez allí a esperar y en esta ocasión el retraso no supera la media hora. En puridad, hay que empezar a sumar desde que salimos desde Extremadura, pues escarmentados y desconfiados por las promesas incumplidas del inexistente tren veloz (dos veces inaugurado y aún no terminado), partimos hacia Madrid en coche.
De manera que, lo que se prometía como presupuesto inicial e hipótesis horaria de cuatro horas, va por más de siete y aún no ha despegado el avión. Embarcamos y… ¡Estrecho!, es más… ¡Muy estrecho!, al espacio entre butacas me refiero, que más pareciéramos gallinas enjauladas con destino a sacrificio que alegres clientes de la costosa, cara y antaño aerolínea nacional con destino escandinavo.
Fundamental presentarse al vecino de asiento y marcar las lindes, en esta ocasión me he rozado más en las cuatro horas de singladura que en alguna de las relaciones románticas al uso. Por suerte mi mujer me mima (igual que antes mi mamá) y gozo del privilegio de poder apoyar, al menos, un codo en territorio amigo.
En el opuesto, un leal militante de VOX con su pulserita verde identificativa con la pareja, melliza obligada, paralela de la bandera nacional. Le asiste un libro de batallas navales que porta inútil, el libro, pues según se sienta se duerme con tal facilidad que me sorprende y al tiempo genera en mí un sentimiento de envidia. ¡Quién pudiera disfrutar de ése “súper poder”!

Ahora sí, comienzan las prometidas cuatro horas de travesía, finalmente y gracias a la pericia del comandante de vuelo se reducen a tres y media. Aterrizando en el aeropuerto de Estocolmo-Arlanda la adición supera ya las diez horas y media. Y vuelta a empezar, una hora de espera para recoger el equipaje y salir del aeropuerto, más coqueto y funcional, nada que ver con el de Madrid y a tan sólo una hora de la capital de Suecia.
Tras medio día de trasiego, caminar, padecer cacheos y fastidios varios, carga, y descarga de equipajes, llegamos al Grand Hôtel de Estocolmo y aquí se para el cronómetro, todo lo anterior lo damos por válido. Si París bien merece una misa, Estocolmo bien merece el medio día de sacrificio y el alojamiento en este hotel supera con creces cualquier molestia recibida. Mañana más, comienza la aventura escandinava.













