Es José Pizarro un cocinero y empresario extremeño que hace veinticinco años que pasea por el mundo la cultura gastronómica propia de nuestra región. Inició su periplo en Londres, con cincuenta mil pesetas, y actualmente es dueño de cinco restaurantes en la capital del Reino Unido y Abu Dabi.
Ha fijado su hogar en Zahara de los Atunes, junto a la playa de los alemanes, fusionando la almadraba y la dehesa, para obtener la felicidad y el bienestar propio de los inteligentes emprendedores de nuestro siglo.
Como él, otros “mercenarios” se levantan cada día con esos trescientos euros (equivalente a las cincuenta mil pesetas que José Pizarro se llevo a Londres), propios o prestados, para plasmar sus ideas en objetivos empresariales ciertos. Transformar ilusiones en realidades, empeñándose en cuerpo y alma en cada empresa.
Por el contrario, aún perduran una suerte de monopolios, oligopolios, empresas públicas o externalizaciones de gestión, descafeinados más o menos según la tendencia política del momento, donde el riesgo del negocio lo asume la Administración, a modo de red circense, con encomiendas de gestión y prebendas, históricas o coetáneas.
Me refiero en este artículo de hoy a las Campsa, Telefónica, Tabacalera, etc… del siglo pasado o a los actuales herederos de la banca, cementeras y eléctricas, entre otras. Desde éste Olimpo privilegiado por los dioses, es sencillo atribuirse méritos e incluso habilidades que no les corresponden.
Permitiéndose en no pocas ocasiones emitir opiniones empresariales e incluso políticas, partiendo desde un supuesto neoliberalismo, heredado y tramposo, por partir de posiciones ventajosas con respecto a los supuestos competidores.
Actualmente, las empresas públicas y las encomiendas de gestión de lo común han venido a modernizar esa suerte de dopaje empresarial tan español. Me refiero ahora a las empresas tipo Agroseguro, Tragsa y sus filiales, etc… que lejos de competir en el libre mercado deben su éxito a la exclusividad que ostentan y a una fórmula positiva de hacer el balance anual o la cuenta de resultados, calculando los gastos necesarios, o no, y añadir finalmente el beneficio.

Inmersas, cual nido de golondrina de fábula, a caballo entre lo público y lo privado, según interese. Y llego a la intención final de lo anterior y que se trata de criticar la osadía de Jesús Cimarro, director de Pentación Espectáculos y del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, al tomarse la libertad de criticar y asesorar a las empresas del sector hotelero u hostelero extremeño.
Cuán sencillo es hacer las cuentas de los demás, especialmente cuando las propias depende en buena parte de lo público. No es de recibo que quien lleva más de una decena de años a la sombra del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida se permita criticar públicamente a un sector económico privado y tan denostado en nuestra región.
Reconozco la importancia de lo realizado desde su empresa a favor de las esquilmadas arcas del festival emeritense. Además, es innegable el resurgimiento, gracias a su gestión y acierto en cuanto de la calidad de las obras y al conjunto de la oferta cultural extremeña. Le agradezco sinceramente también ser motor primario de la totalidad de los diferentes ámbitos económicos de nuestra región.
Por último, le pido que deje trabajar a los demás pues a ningún pequeño empresario, no arrimado al poder político, se le ocurriría aconsejarle a usted ni a nadie lo que ha de hacer o dejar de hacer en su empresa. ¡Qué fácil es hacer las cuentas al vecino! Especialmente cuando se parte de una situación privilegiada o de cuasi monopolio.












