Una mañana en una consulta médica, mientras esperaba a que me atendieran, me dio tiempo de empezar y terminar un libro de 120 páginas. Se trataba de “Mira las luces, amor mío”, un diario de Annie Ernaux de la editorial Cabaret Voltaire
En este libro, Annie Ernaux cuenta sus visitas durante los años 2012-2013 al hipermercado Alcampo de Cergy -una comuna francesa de casi sesenta mil habitantes-en dónde pasó regularmente dos horas por semana durante veinticinco años.
También dice que lleva toda su vida yendo a supermercados: un Lecrec y un Carrefour de Nancy, al noreste de Francia, otro en Annecy, otra comuna francesa, un Kosice en Eslovaquia, uno llamado Supermarket en las afueras de Londres, un Intermarché, otro Carrefour, un Lecrerc en Osny -otra comuna-, un “Continent” en Rouen, un Super-M también en Cergy. Dice que, cuando visitó Oiartzun, en Guipúzcoa, se quedó con las ganas de visitar un Mamut. Y es que un hipermercado, dice, es “para todo el mundo, un espacio familiar cuya práctica se ha incorporado a la existencia (…) y nuestra manera de sociabilizar con nuestros contemporáneos del siglo XXI.”
En estos sitios se juntan todo tipo de individuos, da igual su edad, cultura, ingresos, origen geográfico, etnia, apariencia. Lo dice ella en su libro porque la verdad, no tengo ni idea. Y aquí es dónde quiero hablar esa rareza mía con la que quiero demostrar que los raros son los otros: nunca he entrado en un supermercado.
Bueno, miento, he entrado alguna que otra vez en los pequeños y céntrico (Covirán o Carrefour Expréss) para algo puntual, pero en esos monstruos llamados “grandes superficies” (en Mérida hay Carrefour, Mercadona, Dia, Aldi, Lidel o como se escriba, Spar y creo que un Cash and Carry o así) solo cuatro veces en el mismo y para ir al mismo sitio. Esto tiene explicación. Yo hice seis despedidas de soltero. Eran para la misma boda. De esas seis despedidas, cuatro las hice en el campo. Lo que necesitamos lo compré en un autoservicio de esos.
Me acuerdo de que lo que más sorprendió nada más entrar, más que el orden, fue la luz. La iluminación de ese supermercado -creo que un Carrefour- era apabullante, supongo que ese será el principal “truco” que utilizan estas grandes superficies para “pescar” consumidores (no hace falta decir que en estos sitios no somos personas, somos lo que dé de sí nuestra tarjeta bancaria o nuestro bolsillo).
Otros trucos que utilizan, según he leído, consisten en colocar lo esencial -leche o huevos- al final de la tienda, remojar las hortalizas y vegetales para que parezcan más frescas, ponerte más a mano lo que te quieren vender y lo más caro a la altura de los ojos que es lo que ves primero o las máquinas con bebidas frías nada más entrar en la tienda. Qué voy a contar que no sepáis lista de la compra en mano.
Lo dicho y acabo. Solo fui cuatro veces a un supermercado, en cuatro de mis despedidas de soltero, a comprar las bebidas (al fondo de un inacabable pasillo): güisqui, ron, vodka, ginebra, coñac, refrescos, cerveza. Y dos o tres bolsas grandes de patatas fritas. Así cuatro veces, pero esa es otra historia.
Ese es todo mi currículum con las grandes superficies. Oh! qué raro soy, que dirían los Siniestro Total.
Postdata: el libro de Annie Ernaux, “Mira las luces, amor mío” sobre hipermercados está muy bien, pero hay otro mejor, la novela “Grandes superficies” de Pilar Galán publicada por la editorial “de la luna libros», por muy reciente premio Nobel de Literatura que sea la otra.












