Peter Handke empezó a escribir el libro “Desgracia impeorable” a las pocas semanas de haberse suicidado su madre en 1971.
Esta muerte me sirvió de ejemplo para quedar mal en una conversación de barra de bar. La barra del bar es el lugar donde algunos españoles nos dedicamos a ofrecer soluciones a cualquier problema irresoluble o, mejor dicho, que se desentrañaría mejor en cualquier sitio que dentro de un bar.
Todo empezó cuando alguien dijo que en Holanda la gente no quería ir a los hospitales porque no sabía si saldría con vida. Supuse que había vivido en los Países Bajos y que había tenido alguna mala experiencia médica. Tenía pinta de que era de los que llevaba toda su vida de casa al bar y del bar a casa, pero nunca se sabe, las apariencias engañan y no siempre la apreciación externa que hacemos sobre una persona, es la correcta.
Cuando dijo que en España querían hacer también una ley para matar gente porque eran unos asesinos, me acordé de la madre de Handke. Aunque no me había leído la ley de Eutanasia holandesa, sí las trece páginas de la ley española, pero la verdad ¿Qué hacía alguien que ha leído esa ley en la barra de un bar?
Doy por hecho que todo el que opina sobre ella es porque se la ha estudiado y conoce de pé a pá sus cinco capítulos, sus siete disposiciones adicionales, la disposición transitoria, la disposición derogatoria y las cuatro disposiciones finales.
Cuando el hombre dijo también que lo que querían era matar a los viejos para quedarse con su dinero me puse didáctico que es lo peor que se puede hacer en una tertulia de bar. No dije nada de que la ley de Eutanasia (no sé si bien tramitada o no, pero entiendo que sí) es una ley garantista, avalada por el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos y que no obliga a nada a nadie, solté irónicamente, aparte de que tenía pensado ir a los Países Bajos, pero lo dejé por si acaso me ponía malo y tenían que llevarme a un hospital, que era mejor que existiera esa ley a que no existiera. Y que si él no quería hacer uso de ella no lo hiciera, pero que había que ver caso a caso.
En vez de poner de ejemplo a mi madre que es el que más a mano tenía (con Alzheimer los últimos siete años de su vida), puse el de la madre de Peter Handke. Lo cuenta en el libro.
La mujer había tenido una mala vida. Era buena estudiante, pero no pudo estudiar. Era mujer. A principios del siglo XX en Austria, donde nació, las niñas cuando dejaban de ser niñas se tenían que dedicar a cuidar la casa, casarse y tener hijos. No había otra opción. El marido le pegaba, era lo que había. De mayor le dio por leer a Dostoiewski, Gorki, Hamsum y luego a Faulkner y Thomas Wolfe, literatura de altura. Leyendo a estos autores se dio cuenta de que su vida podía haber sido otra.
Con cincuenta y tantos años empezó con jaquecas y mareos. Pasaba desde que se levantaba hasta que se acostaba, temblando. Las pastillas no le hacían nada. Los médicos (¿serían holandeses?) pensaban que todo era debido a la menopausia. Por el agotamiento se le caía todo de las manos. Perdió toda sensación de su cuerpo, chocaba con las esquinas, se caía por las escaleras. Llegó un momento en el que no pudo más. Pasaba el día tirada en la cama con la cabeza reventándole. No podía ni hablar. Pensó, “Ya no soy un ser humano. Seguir viviendo resulta impensable”. Escribió cartas de despedida a sus allegados. Lo dejó todo preparado. Compró cien tabletas de analgésicos, los mezcló con todos sus antidepresivos y se los tomó. El miedo que tuvo es qué se iban a encontrar sus hijos.
Y ya.
No hagas uso de la ley de Eutanasia. Aunque, es mi opinión, creo que es mejor que exista a que no. No por ti, por otros que no piensan o no viven igual que tú.












