Hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual…”, que decía nuestro poeta Bécquer. Seguro que España terminará rompiéndose en algún momento, con un gobierno de la derecha extrema. Se están empeñando, con mucho esfuerzo, en que se cumpla su profecía y no pararán hasta conseguirlo. El PP es más previsible que un millón de ñus cruzando el río Mara, en Tanzania.
El PP vuelve a utilizar la estrategía que diseñó tras la victoria de Zapatero de las elecciones generales de 2004; cuando pensaban que las ganarían de calle, pero Aznar mintió tras los atentados del 11 de marzo. Antes, ya había mentido con aquello de “las armas de destrucción masiva”.
A los pocos meses de su derrota, ya habían cerrado filas e iniciaban la desestabilización de un gobierno legítimo, centrando el foco en la manipulación sobre el debate del Estatut de Catalunya. De aquellos barros, vienen estos lodos. Mesas petitorias de firmas contra la autonomía catalana, campañas de boicot a sus productos y exaltación emocional reclamando la rebelión cívica de todos los españoles, para frenar una catástrofe. Había que coger la pancarta y la bandera.
El resultado fue la confrontación entre nacionalismos españolista y catalanista para ver quién la tenía más larga, elaborando relatos interesados y extremos que acabaron en el triste 1 de Octubre de 2017. Había fracasado el tacticismo cortoplacista, aunque unos y otros tenían un considerable aumento de adhesiones; nunca hubo más fachas sociológicos e independentistas, fabricados artificialmente mediante la búsqueda de la confrontación.
El PP, con su “España se rompe”, oportunistamente. fue contestado también con el “España nos roba” de los independentistas. La guerra de banderas pobló las ciudades y pueblos de toda España. Mientras, Rajoy y Artur Mas, sabían que era una excelente justificación para tapar recortes sociales y la corrupción de ambos gobiernos.
Ahora, el peligro no viene del “Estatut”, ahora el inminente riesgo de fragmentación territorial procede de otra palabra maldita, “amnistía”. Otra vez, tras unas elecciones que el ruido mediático les hizo creer que ganarían con mayoría absoluta. Desde ese día, el PP intenta pintar una realidad virtual desde una escalera montada en el aire.
Primero, una investidura de Feijóo para golpear la investidura de Sánchez, en lugar de presentarnos un proyecto de país. Un acto el 24-S, para oponerse a una ley de amnistía que hoy no existe, para fabricar los miedos de un desastre anticipado y para anunciarnos que Feijóo no será el futuro presidente. Y por medio, un abuso de confianza a Felipe VI.
El Presidente en funciones, Pedro Sánchez, lo ha dicho muy claro, hablando de “una investidura que sea coherente con la letra y el espíritu de la Constitución” Parece claro que explorar otra vía diferente a la confrontación que propone la derecha, nos debe llevar a encontrar un punto de equilibrio entre la Declaración Unilateral de Independencia y el enfrentamiento territorial y el “A por ellos”. De momento, la amnistía como condición previa al hipotético apoyo de Junts a la Coalición de Progreso, se ve como imposible.
Que los independentistas hayan subido el altavoz de sus exigencias, no debe llevar a equívocos interesados. Dejemos que Feijóo utilice su mitin e investidura para seguir haciéndose trampas en el solitario. Luego, respetemos los tiempos para posibilitar un Gobierno de PSOE-SUMAR, si puede ser o si no, elecciones generales. Pero fuera de esta oportunidad histórica solo hay confrontación.
Mientras, que sigan las bravatas de aquellos que perdieron las elecciones en Cataluña o de los que la perdieron el 23 de Julio. El “dejá vu” en el PP, está servido. Aznar vuelve a repetirse como el ajo, con su voz de oráculo averiado, desde su chiringuito subvencionado de la FAES. Afortunadamente, el PSOE tiene amortizado a los que un día fueron suyos y hoy solo son morralla podrida en un consejo de administración.













Hay partidos que se dicen de izquierdas y anteponen a la lucha de clases (clara bandera de la auténtica izquierda) la creación de ‘minipatrias’, en las que pretenden montar un nuevo Estado, pero semejante a aquel del que se quieren desgajar; o sea, un Estado con su ejército, su policía, sus mandamases, su propia bandera y su himno. La izquierda siempre fue internacionalista. Malo, cuasi perverso, que la izquierda olvide la lucha de clases y trate de nacionalizarla en vez de socializarla o sindicalizarla. Pretender cambiar un Estado por otro, con todas las lacras e inmundicias de las democracias liberales y burguesas, en vez de luchar contra un Estado que se corona con una institución radicalmente antidemocrática y que hace votos por el atlantismo y la unilateralidad, no es de recibo. No se es de izquierdas metiendo la lucha de clases en los contenedores patrioteros. Se es de izquierdas aparcando los nacionalismos, engendros de la burguesía, y luchando porque ella un Gobierno de progreso, al que se le debe exigir y atornillar, en la calle si es preciso, para que no se olvide de la lucha de clases, aunque haya mucho señoritismo y mucho socioreformismo o socioliberalismo sentado en la bancada azul. Si no cumple su papel como fuere menester, ya se le leerá la cartilla en los próximos comicios. Pero, ahora, toca levantar bien alta la pancarta del NO PASARÁN, aunque la derecha lo intentará todo, como siempre hizo históricamente, y algunas veces por la tremenda. Amigo Miguel, te aplaudo por tu crónica, aunque difiera en matices.
Salud, Félix Barroso. Un abrazo.