Se llamaba Ángel Martín Azcona, de 53 años, vasco y vecino de Tábara, Zamora. Cual Quijote se subió a su Rocinante de más de cuatro mil kilogramos de peso y pala en ristre se dispuso a luchar con un enemigo sobrehumano, el fuego. Como héroe sólo él podía enfrentarse al infierno, como tal y según la mitología antigua, nacido de un dios o diosa y un humano o humana (según la moda progre imperante), por ello más que hombre y menos que Dios.
Éste ha sido uno de los veranos más prolijos en el nuevo negocio de los incendios. Antaño, los incendios y los incendiarios eran escasos y fugaces. La agricultura entendida como los usos y costumbres de buena parte de la población que amaba la tierra, su fuente de alimento, era un compendio de usos y tradiciones que, sin necesidad de clases magistrales ni directrices de burócratas europeos, bastaban y sobraban para afrontar estas vicisitudes.

Bien es cierto que el cambio climático, mal que le pese al primo de M. Rajoy, está cambiando a pasos agigantados las normas o reglas no escritas de un fenómeno que ha venido para quedarse. Es más, lo definiría como el desafío más importante en estos momentos para nuestra ya fatigada y escasa naturaleza.
En este moderno afán académico, dirigido más a las causas u orígenes que a las soluciones o consecuencias, ya hemos clasificado hasta los incendios. En este caso la clasificación va por los de sexta generación. Los de la secta, que diría doña Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, condesa consorte de Bornos y Grande de España. ¡Já!, ¡já!, ¡já!
Según la Real Academia Española de la lengua: ¡Héroe! Del latín: “heros”. Persona que realiza una acción abnegada en beneficio de una causa noble. Varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes. Pues héroe hay que ser para entregar su vida por los demás. Eso y no otra cosa es lo que hizo Ángel, armarse de valor e intentar salvar su Sierra de la Culebra y su pueblo Tábara. Tan sólo a última hora y ya viéndose vencido emprendió la huida, tarde según se comprueba ahora.
Aún conservo en la memoria las impactantes imágenes de Ángel corriendo despavorido, alejándose de las llamas y encontrándose a su paso las cercas y alambradas que le impidieron salvar su vida; no así el lento y letal paso del incendio más importante de este verano y que por desgracia se ha cobrado cuatro vidas.

Casi cien días de lucha en la U.C.I. del hospital “Rio Hortega” de Valladolid y por fin el desenlace fatal y sentido. ¡Del infierno al cielo! Pues no puede ser otro el destino final del alma de esta persona, quien entregó su vida en su desigual lucha contra las letales llamaradas.
El lunes pasado, en Las Pajanosas, pude saludar a miembros de la Unidad Militar de Emergencia (U.M.E.), que regresaban a su acuartelamiento y les agradecí emocionado su labor. ¡Muchas gracias por todo lo que hacéis!, esa fue mi expresión. Inmediatamente me saludaron y al unísono la respuesta fue: “Para eso estamos”. ¡Héroes! Y por si fuera poco humildes.
Muchas gracias a todos los que todavía están dispuestos a aportar lo que buenamente pueden al resto de la humanidad. Entiendo es nuestra decisión e incluso religiosa obligación.
“In memorian” de los héroes de la Sierra de la Culebra: Daniel Gullón, brigadista forestal de 62 años; Victoriano Antón, el buen pastor de 69 años que dio su vida intentando salvar su rebaño de ovejas; Eugenio Ratón, fallecido hace poco más de un mes, y Ángel Martín de 53 años.
¡Del infierno al cielo!












