Cuando aún no existían las recetas electrónicas, en fechas primaverales, iba cada quince o veinte días a que me prescribiera antihistamínicos, inhaladores, aerosoles y demás fármacos que me ayudaban a reducir o eliminar los efectos de la alergia.
Me acuerdo de que un día, el doctor B, me dijo que cuando trabajaba en un pueblo de médico de familia, los viejos del lugar, acostumbraban a pasar la mañana en la consulta. Como los tenía controlados, sabía que eran siete. Una mañana al abrir la puerta se encontró con que faltaba uno, por lo que les preguntó a los presentes:
-«¿Y Pepe, cómo es que no ha venido Pepe hoy?»
-«Pepe no ha podido venir hoy porque estaba enfermo y se ha tenido que quedar en casa», le contestaron.
Así eran de malos sus chistes que a lo mejor estaban basados en hechos verídicos, vete tú a saber.
Lo divertido con el doctor B ocurría en vivo y en directo. No sé cómo lo hacía, pero tenía siempre la sala de espera llena de gente. Una vez me contó que era porque tenía el doble de «clientes» que los demás doctores.
Todo el mundo quería que lo tratase él.
Un día un buen número de pacientes esperando nuestro turno para entrar cuando de pronto se escucha música a todo volumen. De pronto el doctor B abre la puerta y subiendo aún más el volumen de la música de Bach (¿o era Mahler?) ante el asombro de los enfermos, se puso a dar voces para que lo escucháramos por encima de los violines, pífanos, flautas traveseras, pianos y demás:
-«!!Música, esto es música, admiren la vida!!».
Después de un rato, se le pasó el éxtasis o la inspiración, cerró la puerta de un portazo, bajó el sonido del radiocasete que tenía encima de la mesa de su despacho y continuó atendiendo a su paciente.
También recuerdo aquella vez en la que cuando me tocó el turno, entré en su despacho y lo veo con un periódico de páginas sepia abierto encima de la mesa. Me dice que me siente y sigue leyendo el periódico sin hacerme caso. Cuando pasó un rato, mientras yo miraba con cara divertida y expectante, me dijo:
– «Qué bien, suben las acciones del Banco Bilbao, y las de Endesa y las de Abengoa SA, qué suerte tengo».
Continuó otro rato mirando la información de las páginas de economía y Bolsa del periódico y comentándolas conmigo, hasta que se acordó de que yo era su paciente -de confianza, eso sí, pero también paciente de “paciencia”- y empezó a atenderme.
Eso no sé si lo suyo fue genialidad, despiste o mucha cara, pero a mí me hizo gracia el grado de confianza que demostró conmigo.
Otra anécdota que me ocurrió con él fue aquel día en el que también con la sala de espera llena, de pronto, abre la puerta de la consulta, empieza a mirar a todo el mundo, me señala -aún no era mi turno- y me dice:
– «Guillermo, ven, que me vas a echar una mano».
Cuando entro detrás de él, compruebo que dentro de la consulta había dos monjas con sus hábitos, sus túnicas, escapularios y demás.
El doctor B colocó una silla al lado de la suya, frente a “las clientas” y me dice:
-«Mientras yo voy firmando las recetas, tú le vas poniendo el sello». Agarró dos tacos de cien rectas cada uno y un tampón y un sello de caucho con las iniciales de la Consejería de Salud y se puso a rellenarlas y a firmarlas, mientras me decía:
– «Estos son los volantes para los viejos del asilo de ancianos, yo voy firmando y tú vas poniendo el sello, así terminamos antes».
Los pacientes de la sala de espera agradecieron nuestra eficacia y eficiencia.
El doctor B era un tío tan simpático, optimista y divertido que siempre te sacaba una risa y se le perdonaba casi cualquier desliz. Quizás ahí radicara el toque de genialidad al que me refería al principio. Solo con verlo actuar y escucharlo, la gente salía medio curada de su consulta.
Fin.












