Después de haberlo leído mucho (no en su idioma original) y por la dureza de lo que cuenta casi siempre, no tengo ni idea de por qué, pero creía que Fiodor Dostoievski, el escritor ruso del siglo XIX que más me impactó (más aún que Tolstoi, Chejov o Puskhin) procedía de la clase baja. Y no. Su padre, que murió alcoholizado, fue un padre autoritario, médico del hospital para pobres Mariinski en Moscú y propietario de algunas tierras.
En diciembre de 1873 el escritor Dostoievski cuenta en su “Diario de un escritor” (edición de Paul Viejo en editorial Páginas de Espuma) que fue nombrado director del periódico “El Ciudadano”. Dicho semanario, conservador (a saber qué era en la Rusia del siglo XIX ser conservador), propiedad de un príncipe ruso. Funcionaba con suscripciones. La gestión de las suscripciones, la contabilidad y los envíos fueron llevados a cabo por Anna Grigórievna, la segunda esposa del escritor, con la que tuvo cuatro hijos y que por aquellos años estaba embarazada del tercero de ellos.
Leo en Wikipedia que “A través de esta publicación periódica llamada «El Ciudadano», el escritor ruso Dostoievski, divulgaba una visión estática de Rusia como único baluarte de una modernidad sin Dios y del pueblo ruso como la única reserva del cristianismo. Esto le llevó a tener cierta influencia entre los jóvenes radicales rusos y le dio cierto peso político en el país, aunque la circulación de dicha publicación se situó en torno a los 1000 ejemplares.” Muchos no parecían. Tampoco es que en aquellos años -situémonos en el contexto- todo el mundo supiera leer (no solo en Rusia).
En su Diario, Dostoievski cuenta cómo, gracias a un tal Belinski -el hombre más entusiasta de cuantos conoció el escritor en su vida, entusiasmo que lo hacía ser poco reflexivo- , entró él en el mundo literario.
No tengo ni idea de quién fue Belinski. Lo prometo. Dostoievski tenía otros amigos, por ejemplo un tal Herzen, que pertenecía a la aristocracia rusa en una época en donde “los aristócratas inquietos se hicieron ateos y los más tranquilos, indiferentes”.
Podría pasarme años y años leyendo y escribiendo sobre Dostoievski, la Rusia del siglo XIX en donde los Romanov (los hubo geniales como Pedro el Grande, Catalina también llamada la Grande o locos como Iván el Terrible) y no me cansaría. Por suerte, Joseph Frank (otro nombre que no me dice nada) escribió una biografía en cinco volúmenes que abarca cerca de tres mil páginas y que dicen es la definitiva.
Aún leyéndolo todo sobre Dostoievski, Tolstoi, Chejov, Belinski, Herzen, Joseph Frank, los Romanos, Catalina la Grande, Pedro el Grande o Iván el Terrible o sobre cualquier escritor ruso que seo me ocurra (Turgueniev, Doblatov, Gorki) no llegaría a comprender en profundidad la condición rusa -cómo los Romanov, una familia rusa llena de excesos, asesinatos, locuras, alcoholismo-, en trescientos años convirtió un principado en el mayor imperio del mundo, cómo fue la revolución de 1917, por qué nos cuentan que surge gente tan extraña, qué es Siberia, qué fue el comunismo, Lenin, Stalin, Trosky y tanto y tanto-.
Por todo ello me admira la valentía, libertad y seguridad con la que tanta y tanta gente -que no lee más allá de lo que encuentra en la pantalla de su teléfono móvil- escribe, lo que me hace ratificarme en mi idea romántica sobre los escritores: son buenas personas que lo que cuentan lo hacen para mejorar la condición humana.
Todo lo cual me llena de entusiasmo aunque me haga -como cualquiera- ser poco reflexivo como lo fue el desconocido Belinski según Dostoievski. La vida misma.
Queda dicho.












