Siempre me ha llamado la curiosidad cómo tiene que ser de insufrible o no, la vida en pareja de famosos. Imagino a Ferreras y Pastor llevándose el trabajo a casa, a Casillas y Carbonero hablando de física cuántica, a Alaska y Vaquerizo, que llevan asombrosamente 24 años viéndose recién levantados, sin maquillar, a Cruz y Bardem, acostándose con otras personas por necesidad del guión y luego chismorreando sobre lunares en el cuerpo, a Pedroche y Muñoz jugando al Monopoly con billetes de verdad mientras se miran al espejo, a Rubio y Ramos, molestos porque Casillas y Carbonero se han separado un día antes de hacer un botellón para hablar de hadrones, leptones y bariones y mesones.
Todo esto da para una película de terror. Lo sé. O de arte y ensayo.
Fuera aparte están las parejas en las que ellos son escritores, muy buenos en lo suyo, pero unos inútiles para la vida cotidiana. La novela de Maggie O’Farrell titulada “Hamnet”, imagina la vida de Anne Hathaway, la que fuese la mujer de Shakespeare. No quiero imaginar lo duras que debieron ser las vidas de esas mujeres.
A saber cómo fueron las de las esposas de Juan Ramón Jiménez, Picasso, Tolstoi o Nietszche. La de este, Lou Andreas-Salomé fue una escritora y psicoanalista de gran nivel que publicó 29 obras. No conozco a nadie que haya leído algo suyo. Bueno y sin afinar mucho, de Nietszche tampoco.
Y luego ya, haciendo un poco de demagogia, mejor no saber cómo eran las vidas de las españolas que hasta 1981 con la Ley 30/1981, de 7 de julio, no se podían divorciar. Parafraseando a Raphael, consuegro de José Bono y desde hace 51 años casado con Natalia Figueroa, que pertenece a la nobleza, qué sabe nadie.
Fin












