Algo más de cuarenta años han tardado Junta de Extremadura, Diputaciones, Fempex y Ayuntamientos en normalizar las relaciones de los grandes municipios de la región, siempre tirantes por disputas y envidias y si «tú le das a éste más que al otro». Y cuando parecía que todo estaba en orden, salta el arzobispo de Mérida-Badajoz, monseñor Celso Morga Iruzubieta, y dice que todo ha sido una gran falacia y que las Administraciones «como Badajoz no tiene patrimonio», priman a Plasencia y a Mérida y soslayan a Badajoz.
Monseñor Celso es del Opus Dei y, en esta ocasión, no ha hecho buena la máxima de la obra que es la humildad, que es lo que hicieron en toda su trayectoria vital san José María Escrivá de Balaguer y Albás y el beato Álvaro del Portillo. Don Celso no ha sido humilde ni buen pastor pues, aún siendo verdad que las Administraciones primasen a Plasencia y Mérida con partidas más generosas que a la capital pacense, él no puede expresarlo en público y sí intentar reunirse con los políticos para tratar unos dineros más equitativos entre diócesis.
Por otra parte, es más que llamativo, que diga que mientras a Plasencia «se le dan 150.000 euros a Badajoz solo se le da uno», exageración impropia de un pastor de la Iglesia Católica por lo que tiene de incierto y de desmesurado. Que puede que a Plasencia se le haya dado por parte de la Junta de Extremadura un millón de euros para la exposición ‘Transitus’, de ‘Las Edades del Hombre’, es probable, pero olvida monseñor la importancia de la misma, la de miles de visitas que está recibiendo y la relevancia que tiene para esta región que él dijo defender (noviembre 2015), el hecho de contar con una muestra de arte sacro que es la primera vez que sale de Castilla-León, a excepción de algún evento internacional.
Y, además, don Celso Morga va tarde porque el próximo año debe convertirse en arzobispo emérito de Mérida-Badajoz al cumplir los 75 años (nació en 1948) y ahora se ha dado cuenta que no ha hecho ninguna obra con la que pasar a la posteridad. Excepto inaugurar algún retablo o presidir encuentros pastorales, es un hombre que nada tiene que ver con monseñor Antonio Montero Moreno o monseñor Santiago García Aracil, predecesores en el cargo. No ha hecho nada excepcional y ahora, le entran las prisas, quiere arreglar la torre de la Catedral de San Juan, el claustro o el museo catedralicio y lo quiere todo para ya. Así no se hacen las cosas pues la Administración tiene sus tiempos.
Es más, la acusación de monseñor Celso Morga contra Mérida y Plasencia carece de todo sentido, por cuanto es él el titular de la provincia eclesiástica Mérida-Badajoz, que incluye las diócesis de Mérida-Badajoz, Coria-Cáceres (otra ciudad con gran patrimonio y a la que no nombró) y Plasencia. ¿Por qué nombra a Mérida que es hermana de diócesis de Badajoz y a Plasencia y, sin embargo, oculta Cáceres-Coria? Sólo él lo sabe pero una cosa está más que clara: don Celso Morga se ha pasado de frenada y además de traicionar la norma de humildad del Opus Dei traicionó a la provincia eclesiástica que prometió cuidar cuando en 2015 fue ordenado arzobispo, después de una exitosa carrera en el Vaticano.
Mal deben andar las cosas para que el arzobispo extremeño tenga que salir ante los medios de comunicación a quejarse de los pocos dineros que, según él, le dan las Administraciones y, sobre todo, casi al final de su ministerio. Don Celso ha metido la patita hasta el corvejón y bien haría en pedir disculpas a Mérida y a Plasencia, a las Administraciones, a la Obra y a todos los católicos extremeños. De lo contrario será recordado como el curita pedigüeño.












