Tengo un amigo que podría escribir mucho mejor que yo sobre este asunto. Él pasa muchas horas de su vida estudiando y aprendiendo el derecho que tiene a no hacer nada. Se podría decir que sus esfuerzos van dirigidos a no esforzarse.
Yo creo que el “vicio” de no trabajar le entró leyendo al yerno de C. Marx, un cubano-español (cuando nació Cuba pertenecía a España) y francés (en Francia pasó la mayor parte de su vida) llamado Paul Lafargue (se casó con la segunda hija de Marx).
No es que Lafargue fuera un vago, aparte de escritor -le publicaron 47 libros- fue periodista y médico) pero un día le dio por indagar sobre tal asunto.
En principio no se inspiró en las ideas de su suegro. Lafargue era más de Proudhon. Luego ya le dio por Marx, Engels o Blanqui que son nombres que hoy en día, a principios de 2023 no dicen nada.
O, mejor dicho, las obras de estos autores no las lee nadie, ¿a quién le podrá interesar “La capacidad política de la clase obrera” o “La Filosofía de la miseria” de P.J.Proudhon? ¿A quién podría llamarle la atención que el tal Proudhon dijera por ejemplo, que “la más alta perfección social es el orden natural, la anarquía”? ¿De qué sirve esforzarse en estudiar las “peleas” ideológicas e intelectuales entre Marx y Proudhon? Lo mismo les daba por hablar de la reciprocidad, el apoyo mutuo, de que de cada uno según sus posibilidades y a cada uno según sus necesidades y cosas de esas que no vienen a cuento ¿no?
Pero me desvío del asunto, que yo he venido aquí a revindicar que mi amigo ponga todo su empeño y su esfuerzo en entender que lo mejor de la vida -para él- es no trabajar. Lo suyo es un no parar (circunstancias familiares aparte). Sabe que es el tiempo que le queda por vivir y lo aprovecha al máximo.
El libro de Lafargue es más ideológico que otra cosa. No solo reivindica el derecho a no hacer nada, se mete con el, en aquellos años, incipiente capitalismo.
En el prólogo Lafargue dice que “La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana, anatemiza la carne del trabajador; su ideal es reducir al productor al mínimo de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y condenarlo al rol de máquina que produce trabajo sin tregua ni piedad”.
Y eso no le gustaba. A mi amigo tampoco. Lo de mi amigo -que de joven fue una activo -valga la contradicción- hippy no tiene nada que ver con ello. Eso dice. Pero si uno lo piensa un poco, en eso lleva razón, él está a favor de sus placeres y sus pasiones y trabajar le da dinero, pero le quita tiempo. Es una paradoja porque sin dinero (tampoco necesita mucho) no puede dedicarse a lo suyo. A él. Y no es egoísmo. Estudiar la pereza es una fuente de conocimiento.
Para comprender el libro y a mi amigo habría que situarse en la época. Y viajar en el tiempo (a mil ochocientos y pico) cansa mucho. Bastante tenemos con lo nuestro, con el aquí y el ahora, con las rebajas, con consumir, con intentar tener dinero suficiente para subsistir con una mínima dignidad, con comprender todo lo que nos llega, el sentido de la vida, lo que ignoramos, la dispersión, la ansiedad, el caos, los intereses creados, las tradiciones, con saber que no sabemos nada.
Al final no he escrito mucho sobre el derecho a la pereza y a la inactividad (¿la vida es un no parar?), la holgazanería, la galbana, la desidia, la perrería, la vagancia, sobre el esfuerzo que hay que hacer para no hacer o al menos a hacer lo que a uno le guste que en definitiva, yo creo que es lo que reivindica mi amigo con tanto leer sobre no hacer. Y es que no para el tío. La suya es una vagancia tan activa que se diría que es el gandul más productivo que conozco, eso sí, haciendo lo que le gusta, que es de lo que se trata.
Como dice la frase del principio del libro de Paul Lafargue, “El derecho a la pereza”:
«Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos».
Lessing












