He conocido la historia de “El gato Óscar” gracias al tercer tomo de los Diarios de Ignacio Carrión(“Molestia Aparte. Diarios 2006-2010”).
En casa de mis padres siempre tuvimos perros y a veces, gatos. Los perros (Charli, Cholo, Lupi…) eran pequeños y de los denominados mil-leches. Uno de los gatos que mejor recuerdo se llamaba Yaki.
Si convivían con nosotros perro y gato a la vez, había momentos en los que el perro saltaba como el gato a la mesa o por los sofás y el gato comía en el plato del perro junto a él y tenía el detalle -el gato- de dejar limpísimo al perro. Con la lengua.
A mí me gustaba echar el rato acariciando el lomo del gato. El gato, Yaki (o Jackie) cuando necesitaba algo, ronroneaba contra el pernil de algún pantalón vaquero pantalón o se subía al regazo de quién estuviera más cómodamente sentado en el sofá del salón. Y, por supuesto, si estaba en celo y era macho se escapaba por los tejados por muy reciamente que cerráramos la puerta de la terraza. Volvía pasado el tiempo -una semana, quince días, un mes- con cinco kilos menos y con todo el cuerpo y, sobre todo, la cabeza llena de cicatrices. Cosas de gatos.
Supongo que al gato Óscar -del que habla Ignacio Carrión en su Diario- le pasaba lo mismo en sus años “fértiles”.
El gato Óscar –lo busqué gugleando por Internet- fue famoso. Muy famoso. Era orondo, blanco y tenía el lomo y la cola de color azabache y ojos de gato, lo cual es sinónimo de inteligente. Vivía -el gato- en un geriátrico ubicado en Providence (Rhohe Island, EEUU). Y aunque era antisocial (¿será verdad que los gatos tienen algo de punkis?) como todos los gatos excepto cuando les interesa algo (lo cual forma parte de sus muchos encantos), era portador de una cualidad asombrosa: predecía inmediatamente la muerte de los ancianos que convivían con él en el hospital.
En cinco años (entre 2007 y 2011) predijo más de cincuenta casos de enfermos terminales. Cuando sentía que alguno de las personas ancianas iba a morir, se acercaba a la puerta de la habitación y si estaba cerrada, arañaba la puerta y se subía a la cama a esperar el fatal desenlace.
El gato Óscar falleció de pronto (y leo que dijeron que por estrés) en 2011. Se han escrito varios libros sobre su historia. Unos decían que el gato Óscar tenía poderes psíquicos y paranormales. Otros, que podía detectar las cetonas. Por lo que leo por ahí, en internet, la cetona es un compuesto orgánico, bioquímico, despedido por las células del cuerpo cuando van muriendo.
Otra teoría, más difícil de explicar científicamente, decía que el gato Óscar (y solo lo hacía él de entre los otros cinco o seis gatos que había en el hospital) absorbía la energía negativa de los lugares por dónde pululaba, además de la de las personas que tenía cerca, llegando a curar problemas emocionales y limpiando el ambiente “esotéricamente”. Pero es solo una hipótesis.
En Internet se puede investigar más sobre su vida con ejemplos de cómo descubría el momento en el que morían los ancianos del geriátrico de Rhode Island, a los cuales hacía compañía.
Siete vidas tiene un gato, pero pocas tan interesantes como la de Óscar, el gato que -dicen- predecía el último suspiro de muchos de sus compañeros de vida.












