Quería escribir sobre qué es ser idealista pero me acordé de algo que me ocurrió en una de las avenidas que suben al centro de Santiago de Compostela, la de Rosalía de Castro o la Juan Carlos I, no recuerdo bien.
De camino al hotel donde nos hospedábamos, paramos para descansar y beber un auténtico orujo gallego (a saber a quién se le ocurrió la idea) en un bar dónde acuden los estudiantes a hacer las cosas propias de su edad, ya sea beber, alternar o fracasar en el intento de encontrar el amor de su vida.
Al entrar en el bar, alargado, interminable y añejo, vi, en una esquina, escondido tras un güisqui con cola, a un hombre que no tenía rostro.
O mejor dicho. Sí tenía, pero completamente aplastada. Esa cara invisible le hacía parecer un hombre de edad indefinida, además de asustadizo, huraño, poco sociable. La nariz, el entrecejo, la mitad de la boca y la barbilla en vez de sobresalir de su cara, estaba hundida. Su rostro parecía una uve.
Observé que cuando le daba un tiento al güisqui con cola no derramaba ni una sola gota, producto, supongo, de la gran experiencia que atesoraba en esos menesteres.
Giró un poco la cabeza hacia donde estábamos. Al ver su mirada aterrada como de conejo frente a los faros de un coche, intenté mirarle a los ojos. Me horrorizó mi descaro. Pensé que no olvidaría la ojeada que me echó el hombre sin cara. Y que desde sus ojos la vida se vería de manera bastante distinta y menos inocente que desde los míos, tan idealista yo.
Enseguida me pregunté si esa cara la tenía así de nacimiento, por un accidente, un golpe, alguna guerra lejana, yo que sé, mil cosas pensé.
Y cobarde y educado no le pregunté nada. Tengo la excusa de que enseguida se metió dentro del bar, debía ser familiar de los propietarios, hasta el sitio podría ser suyo.
Y supuse que como a todos, le gustarían las mujeres bellas o los hombres, no sé, que sería del Real Madrid, del Depor, del Celta o del Compostela o que le gustaba tocar el piano, tendría su opinión sobre la crisis económica, votaría a algún partido político, celebraría su cumpleaños, o sobre qué pensaría de la Mona Lisa, de Dalí, de Von Karajan o de Marcial Lafuente Estefanía. Y que podría ser un idealista, por qué no, qué se yo, me dije.
Y me dije que la vida puede ser algo que tú no has elegido pero que has de asumir aunque sea escondiéndote a través de un vaso de güisqui con cola.
Dejé a ese hombre solitario, agazapado, escondido de la extrañeza de los demás. Terminé mi segundo orujo de café casero (al final iba a acabar gustándome) y continué la caminata un poco más triste y endurecido, pensando en que el hombre sin cara (así de cruel e injustamente lo bauticé) seguro que es buena persona y que tal vez sí sepa dónde buscar los límites de la evolución y del progreso en su día a día.
O que él sí que tiene derecho -por qué no- a ser un idealista, un romántico, un Quijote. Por qué no. Quién soy yo para quitar o poner nada. Y aunque lo llamé el hombre sin cara, quizá, como todos, es solo una persona.












