Es mi amigo Ángel Pinilla Piñero personaje particular donde los haya, serio y cabal al tiempo que alegre y divertido, un “bon vivant” (persona que disfruta de los placeres de la vida) con el que tuve la suerte de compartir algunos años de una juventud prorrogada por motivo de los estudios universitarios.
Gracias a nuestra común afición a los toros y a las ferias de Sevilla, hemos seguido la relación de amistad que de otro modo se habría enfriado, tal y como nos ocurre en más de una ocasión, pues la distancia hace el olvido.
Ganaderos ambos, de vacuno de carne y amantes de lo rural, coincidimos en nuestra manera de entender la vida, si bien él me gana por goleada en goce y disfrute, ya que lejos de aminorar la marcha (en su más amplia acepción) tuvo la naturaleza y la fortuna necesaria para continuarla durante más de treinta años.
El azar nos ha reunido al cabo de tres décadas, su sobrino Ángel Gallardo Pinilla no ha tenido mejor idea que seguir sus pasos y se ha erigido como encargado, si no administrador, de sus fincas y ganados, con la fuerza que dan los treinta años aún no cumplidos y la reata (tronco genealógico) por ambos ascendientes o progenitores, que diría la ministra.
Además, Angelito, se nos casa o mejor dicho se nos casó en Trujillo, pueblo de su esposa, la veterinaria de Emérita Servicios Veterinarios, María de los Ángeles Porras Peña, el pasado sábado 21 de octubre del presente año de guerras y amnistías varias.
El enlace matrimonial tuvo lugar en la iglesia de San Martín de Tours y la celebración en la finca Dehesa La Torrecilla, junto a las afamadas Bodegas Habla, al pie mismo de la autovía A-5.
Y aquí empieza el rejolguete, justo al llegar a las maravillosas instalaciones de la finca, donde varios cortadores de jamón perfectamente uniformados y sin darse la importancia que merecen, pintaban más que cortaban unas suculentas lonchas de jamón ibérico de bellota de Jamones Galyval que ya quisieran muchos afamados y tantas veces nombrados.

Por algo esta familia, a la de Jamones Galyval me refiero, (la formada por José Antonio Gallego y Dolores Valle) afincados en San Nicolás del Puerto, son dignos herederos de los usos y costumbres de generaciones de ganaderos de porcino de las excelentes dehesas de la Sierra Norte sevillana y ello se traduce en que sus exquisitos jamones son de los mejores de España.
Allí nos presentamos los primeros, que por algo peinamos canas, mi amigo Ángel y yo, esperando a los recién casados, cada uno con una copita en la mano y saludando a todos los invitados que iban llegando, al tiempo que dábamos buena cuenta de unos magníficos platos de jamón creados por otro artista también apellidado Gallego, y de nombre Francis.
El de Puebla de la Calzada, Francis Gallego, previendo que la corrida iba a ser de plaza de primera, ríete de Las Ventas madrileña, se negó a encerrarse sólo con los seis de Galyval y se llevó a otros dos maestros en el noble arte de mimar al jamón, como los toreros líderes en el escalafón, uno abriendo y otro cerrando plaza.
Pues, siendo importante los seis primeros años, desde que se preña la madre hasta que se corta el jamón, no menos importante son los seis últimos minutos, que son los que tardan los maestros jamoneros en ganarse el euro y diez céntimos en que se valora su arte medido por platos, bien presentados, de entre ochenta y cien gramos de peso.
Y mañana sigo, pues según veo, siguen llegando invitados al señorial convite y ya he superado el presupuesto inicialmente asignado por mi editor, de seiscientas palabras de rigor por cada artículo y no al inicial, de los seis jamones seis, ya cortados, ni a los sobreros que, como en cualquier plaza de primera categoría que se precie, mandan los cánones y el reglamento taurino, y a fe que están presentes por si fuera menester.












