Desde el pasado diez de noviembre que se estrenó la película «El maestro que prometió el mar», le sigo la pista, pero no consigo dar con ella.
Me extraña porque esa película tiene pinta de que es de las que da buenos réditos: Lleva poco tiempo en Filmaffinity, la han votado 1.623 personas y tiene ya una puntuación de 7,3, que es mucho decir.
Célestin Freinet (1896-1966), del que no sé si se habla en la ella, era un maestro que creó un método pedagógico basado en “la autogestión, la cooperación y la solidaridad entre el alumnado”, basándose en la introducción de la imprenta en la escuela.
En 1928 creó una Cooperativa de Enseñanza Laica y las llamadas técnicas Freinet que aún se siguen utilizando hoy en día.
Como todo lo relacionado con la Educación me interesa y esta película trata de algo inusual, basado en hechos reales -y no la encuentro-, decidí comprar el libro en donde cuentan la historia de Antonio Benaiges, el maestro que llegó en 1934 a un pueblito de Burgos de unos doscientos habitantes, llamado Bañuelos de Bureba y que prometió a sus alumnos que verían el mar.
Resulta sorprendente que en un pueblo perdido de las entrañas de la península ibérica, apareciera un maestro con un método de enseñanza revolucionario y proveniente del extranjero (Francia)
En España en 1934 se llevaban tres años conviviendo en Segunda República. Nunca hasta ese momento ningún Gobierno de la Historia de España se había preocupado con tanta sensibilidad de las cuestiones educativas y culturales en España como en dicha República.
Por primera vez en las Cortes Constituyentes se sentaron 64 catedráticos y profesores y 47 escritores o periodistas. Entre el seis y el siete por ciento del PIB se destinó -en 1931- a la Educación (en 2024 es el 4,73 %,) algo nunca visto.
Se crearon miles de escuelas y de bibliotecas y salieron muchísimas plazas de maestros. La clave de la Segunda República fue intentar que la mayoría de los hijos “se vieran condenados a perpetua ignorancia y llevar a los barrios y pueblos el progreso y la esperanza”.
“El maestro que prometió el mar” trata de aquellos años en los que ciertas personas intentaron cambiar la metodología clásica a base de manuales, copiar, memorizar y hacer una educación laica, eliminando los aspectos religiosos, haciendo por ejemplo, que la educación fuera conjunta de niños y niñas y más práctica que teórica.
En 1930 en España había 23.5 millones de habitantes, un tercio de los cuales, unos 8 millones, no sabían leer ni escribir. Muchos niños no estaban escolarizados, en cuando crecían y podían ser útiles, los padres los ponían a trabajar.
Benaiges, siguiendo las directrices del método Freinet, quería que los niños aprendieran a partir de sus propios intereses. El maestro debía guiarlos para que desarrollasen sus talentos a base de sentido común, tanteo, trabajo y alegría…siendo la clave “detectar el centro de interés de cada alumnos” gracias a su aprendizaje.
No quiero adelantar nada de lo que leí en el libro sobre la película – película difícil de encontrar a pesar de que tiene ya un buen puñado de premios, sobre todo el actor que hace de maestro- en la que se cuenta la historia del maestro que quería que los niños pensaran, sintieran y quisieran según los valores que escondía y sobre todo, siendo ellos mismos, en unas épocas en las que “la gente hasta tenía miedo de tener miedo”.
Solo quiero escribir algo de lo que decían los niños de Bañuelos de Bureba que nunca habían visto el mar:
“El mar será muy hondo y tendrá por lo menos dos metros de largura”.
“El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo y el maestro nos llevará allí para bañarnos”.
“En el mar el agua estará muy caliente y las orillas serán de piedra porque si no, se escaparía”.
Fin.
Desde el pasado diez de noviembre que se estrenó la película «El maestro que prometió el mar», le sigo la pista, pero no consigo dar con ella.
Me extraña porque esa película tiene pinta de que es de las que da buenos réditos: Lleva poco tiempo en Filmaffinity, la han votado 1.623 personas y tiene ya una puntuación de 7,3, que es mucho decir.
Célestin Freinet (1896-1966), del que no sé si se habla en la ella, era un maestro que creó un método pedagógico basado en “la autogestión, la cooperación y la solidaridad entre el alumnado”, basándose en la introducción de la imprenta en la escuela.
En 1928 creó una Cooperativa de Enseñanza Laica y las llamadas técnicas Freinet que aún se siguen utilizando hoy en día.
Como todo lo relacionado con la Educación me interesa y esta película trata de algo inusual, basado en hechos reales -y no la encuentro-, decidí comprar el libro en donde cuentan la historia de Antonio Benaiges, el maestro que llegó en 1934 a un pueblito de Burgos de unos doscientos habitantes, llamado Bañuelos de Bureba y que prometió a sus alumnos que verían el mar.
Resulta sorprendente que en un pueblo perdido de las entrañas de la península ibérica, apareciera un maestro con un método de enseñanza revolucionario y proveniente del extranjero (Francia)
En España en 1934 se llevaban tres años conviviendo en Segunda República. Nunca hasta ese momento ningún Gobierno de la Historia de España se había preocupado con tanta sensibilidad de las cuestiones educativas y culturales en España como en dicha República.
Por primera vez en las Cortes Constituyentes se sentaron 64 catedráticos y profesores y 47 escritores o periodistas. Entre el seis y el siete por ciento del PIB se destinó -en 1931- a la Educación (en 2024 es el 4,73 %,) algo nunca visto.
Se crearon miles de escuelas y de bibliotecas y salieron muchísimas plazas de maestros. La clave de la Segunda República fue intentar que la mayoría de los hijos “se vieran condenados a perpetua ignorancia y llevar a los barrios y pueblos el progreso y la esperanza”.
“El maestro que prometió el mar” trata de aquellos años en los que ciertas personas intentaron cambiar la metodología clásica a base de manuales, copiar, memorizar y hacer una educación laica, eliminando los aspectos religiosos, haciendo por ejemplo, que la educación fuera conjunta de niños y niñas y más práctica que teórica.
En 1930 en España había 23.5 millones de habitantes, un tercio de los cuales, unos 8 millones, no sabían leer ni escribir. Muchos niños no estaban escolarizados, en cuando crecían y podían ser útiles, los padres los ponían a trabajar.
Benaiges, siguiendo las directrices del método Freinet, quería que los niños aprendieran a partir de sus propios intereses. El maestro debía guiarlos para que desarrollasen sus talentos a base de sentido común, tanteo, trabajo y alegría…siendo la clave “detectar el centro de interés de cada alumnos” gracias a su aprendizaje.
No quiero adelantar nada de lo que leí en el libro sobre la película – película difícil de encontrar a pesar de que tiene ya un buen puñado de premios, sobre todo el actor que hace de maestro- en la que se cuenta la historia del maestro que quería que los niños pensaran, sintieran y quisieran según los valores que escondía y sobre todo, siendo ellos mismos, en unas épocas en las que “la gente hasta tenía miedo de tener miedo”.
Solo quiero escribir algo de lo que decían los niños de Bañuelos de Bureba que nunca habían visto el mar:
“El mar será muy hondo y tendrá por lo menos dos metros de largura”.
“El mar será muy grande, muy ancho y muy hondo y el maestro nos llevará allí para bañarnos”.
“En el mar el agua estará muy caliente y las orillas serán de piedra porque si no, se escaparía”.
Fin.












