Un tipo en enero de 1980 envía una carta a Gay Talese, famoso periodista estadounidense. En la carta le cuenta que en mil novecientos sesenta y tantos compró un motel de 21 habitaciones en donde, en doce de ellas, hizo unos agujeros en el techo, que aunque parecían rejillas de ventilación, le sirvieron para espiar a los clientes de dichas habitaciones. Con lo que observó a lo largo de los años, iba escribiendo un Diario.
El tipo quería que Gay Talese escribiera un libro con lo que él contaba en su Diario de voyeur. Este es el libro. El de la foto. «El motel del voyeur».
Lo publicaron en 2016, treinta y seis años después de ese año 1980 inicial. Los delitos cometidos al espiar a cientos de personas habían prescrito.
En el libro se cuentan con pelos y señales las vidas sexuales (o no) de personas anónimas que ni podrían llegar a imaginarse que eran espiadas por el director del motel (a veces con la ayuda de su mujer) desde el desván en donde se aposentaba y por el que tenía acceso a los camuflados agujeros del techo.
El voyeur (depravado mirón que justifica su actitud como puede diciendo que lo suyo es un estudio sociológico y de la evolución de la sociedad estadounidense a lo largo de los años), un tal Gerald Foos, cuenta historias de sexo entre mujeres, entre parejas casadas o sin casar, sexo con mutilados de la guerra del Vietnam, algún que otro trío o las vidas de parejas que parecían llevarse bien en el vestíbulo del motel y que luego, dentro de la habitación se dedicaban a insultarse o a inventarse estafas.
En una de las habitaciones comprueba que se dedican a vender drogas, en otra, ve cómo un hombre joven estrangula a su novia hasta matarla y él no puede hacer nada desde su escondite.
El libro -muy polémico en su momento- se lee de un tirón, con asombro y, con un poco de curiosidad ante las escenas de sexo explícito que se reproducen con meridiana claridad.
De todas formas, qué puedo decir, yo soy muy «de» Gay Talese, no lo puedo remediar.












