Un claro ejemplo de que los libros en papel no envejecen, se renuevan, crecen, se multiplican, renacen, se pueden leer y releer, subrayar, oler, pasar páginas con los dedos, adorar, sacrificar, regalar, considerar, apreciar, mitificar y hasta vilipendiar y sobre todo recordar y en definitiva, en clara demostración de que no tienen edad, es que siguen existiendo librerías, bibliotecas, editoriales, escritorios con montones de libros, escritores, reinos de papel, historias de lecturas, cursos de escritura creativa, gente que lee y lo cuenta, traductores (un día leí que traducir es el acto supremo de la comprensión) y hasta gente que vive de ellos. De los libros de papel.
Y es que leer (sobre todo en papel) es buscarnos y encontrarnos, redescubrir el fantasma, el trasgo, el espíritu, la sombra de lo que fuimos. O de lo que seremos. Y más.
Robert Coover en un artículo de junio de 1992 en The New York Times titulado “El fin de los libros” dijo que:
“En el mundo real de hoy en día (1992), es decir, en el mundo de las transmisiones de video, los teléfonos celulares, las máquinas de fax, las redes informáticas y, en particular, en los bulliciosos recintos digitalizados de los piratas informáticos de vanguardia, los cyberpunks y los fanáticos del hiperespacio, a menudo escucho decir que el medio impreso es una tecnología condenada y obsoleta…»
Lo dijo alguien que sabía mucho del asunto. Y añadió:
«El hipertexto es una tecnología que absorbe y desplaza totalmente, es verdaderamente un entorno nuevo y único. Los artistas que trabajan allí, hay que leerlos allí. Y probablemente también serán juzgados allí: la crítica, como la ficción, se está moviendo fuera de la página y en línea, y es en sí misma susceptible de continuos cambios de mentalidad y de texto.»
Para rematar la faena diciendo:
«Fluidez, contingencia, indeterminación, pluralidad, discontinuidad son las palabras de moda del hipertexto del día, y parecen convertirse rápidamente en principios, de la misma manera que la relatividad no hace mucho tiempo desplazó a la manzana que cae.”
Para el Robert Coover de hace treinta años, el libro en papel estaba en peligro de extinción (y con ellos, la novela tal y como la conocemos) y que lo “online” se convertiría en una tiranía “con sus redes intrincadas e infinitamente expandibles, infinitamente atractivas, a sus jardines bordeados de verde de múltiples caminos que se bifurcan, para aludir a otro autor popular entre Aficionados al hipertexto, Jorge Luis Borges”.
Mientras, todo (el tiempo, la vida, las circunstancias, las mermas de la salud) nos pasa por encima, nos arrolla y nos expulsa de nosotros mismos. Y diría que hasta de nuestras convicciones, menos, en mi caso, la defensa de los libros de papel.
Queda dicho.












